Resistencia al cambio es primera señal que recibe nuevo Gobierno

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El poderoso dragón de la corrupción y la violencia de todo género muestra sus garras feroces al mismo tiempo que Horacio Cartes da sus primeros pasos en el Palacio de López, como no queriendo admitir que el “nuevo rumbo” se ha instalado en el Paraguay, con el fin de traer la tan ansiada estabilidad política que luego dé paso al anhelado crecimiento económico con inclusión social.
Es el viejo país que tarda en desperezarse y despertar a otra realidad marcada por el mundo interconectado del siglo XXI, que saludó el advenimiento del nuevo Gobierno paraguayo con la presencia de más de 100 delegaciones para la asunción presidencial y de más de 300 hombres de negocios representantes de las más importantes empresas internacionales ya presentes en el Paraguay o con intenciones de invertir aquí.
No se recuerda otra toma de mando en el país que haya estado rodeada de los mejores augurios y realizada en un marco sobrio pero no desprovisto de solemnidad, en la que, como lo expresara el propio presidente Cartes, se estaba cumpliendo el ritual inédito en la historia paraguaya, del segundo y sucesivo traspaso presidencial de un color político a otro diferente. Con ello se ha dado por concluido el proceso de transición a la democracia, iniciado en 1989 tras la caída del stronismo.

Colorados descontentos
El partido Colorado le llevó al poder a Horacio Cartes, pero fue el empresario quien rescató a la ANR de la llanura, no existe una pizca de duda de ello. Si los colorados cuestionan los nombres y la calidad de los convocados por HC a su selección nacional de colaboradores inmediatos, no lo realizan precisamente por su tarjeta de afiliación o por sus currículos, que resultan incuestionables, sino por algo mucho más profundo y arraigado en el modo de ser colorado, que es la forma de ejercer el poder.
Los dirigentes “republicanos” son conservadores por naturaleza y desean seguir con el modelo de país prebendario, clientelista y corrupto que diseñaron a caballo de una de las dictaduras personalistas más prolongadas de América y el mundo. Lo de “dicta-dura” es la denominación más acertada para el Gobierno de Alfredo Stroessner, no sólo por su dureza con los opositores, sino por lo implacable que era en la “búsqueda del tesoro”, no para la República y su sociedad, sino para llenar los bolsillos de sus paniaguados, en una bien aceitada asociación ilícita para enriquecerse a más no poder, donde todos se defendían unos a otros sabiendo que la complicidad mutua y el actuar en corporación era el reaseguro para evitar el final del festín.  Cuando la enorme mole dictatorial cayó por su propio peso de corruptelas, le costó mucho al coloradismo reagrupar sus banderas en el ejercicio democrático del poder. Los nuevos tiempos vieron a las corporaciones convivir en un ambiente de democracia, con algún que otro remezón que no logró resquebrajar el pacto democrático, como los casos de Lino Oviedo, el marzo paraguayo y el fugaz paso de la izquierda por el poder, así como en el breve interregno liberal de Federico Franco.  Los colorados sabían a qué se atenían en el hipotético caso de la presencia de Cartes en el sillón de López. El empresario iba a ejercer el poder en forma diferente a la que hasta ahora los sucesivos presidentes dubitativos y zigzagueantes nos tenían acostumbrados, desde el final del gobierno de Stroessner. Los días del gobierno débil e irresoluto de los últimos 25 años estaban contados.  Cuando Cartes asegura que combatirá a su enemigo número uno, la pobreza, sabe que también debe atacar al principal causante de esta desoladora realidad, como es la corrupción enquistada en el aparato estatal. Con miras a obtener algunas victorias resonantes en esta lucha, debía imaginarse que el combate principal sería contra la dirigencia colorada muy comprometida con la corrupción de los períodos anteriores, y que para ello debía contar de entrada con ministros y secretarios de la más absoluta confianza, ya sea por su procedencia impecable en lo que ya estaban haciendo dentro de su especialidad, o por su prometedora lealtad a ser probada a lo largo de los próximos meses.
Pero Cartes lo que desea en última instancia es tener el control del Gobierno y del Estado, a través de personas que le den resultados en lo que se ha propuesto como metas realizables, a corto y largo plazo. Y en los que menos puede confiar es en algunos políticos colorados que responden a corporaciones que ya mucho daño han causado al cuerpo social de la República, dejando al país en el atraso y con índices de pobreza aún muy altos para el patrón medio de América latina y el mundo desarrollado. Otra manifestación del dragón es la violencia y la inseguridad reinantes, que también han saludado el advenimiento de Cartes al poder con varios golpes fuertes. En el caso del EPP, éste mostró su más cruel cara por la forma en que liquidó a humildes trabajadores de un establecimiento rural norteño.  Lo que el nuevo Gobierno debe evitar a su vez es mostrar a una policía totalmente incapaz de hacer frente a estos milicianos irregulares alzados contra las instituciones de la República. La guerrilla rural debe ser enfrentada de otra forma, con cuerpos especiales de combate en la selva, tal como ya Estados Unidos se ha visto obligado a adiestrar en la década del 60 en Panamá.  Como se ve, apenas inaugurado, el Gobierno de Cartes debe afinar su puntería contra la corrupción y la violencia. De cómo sepa enfrentar el desafío que le plantea la dirigencia colorada descontenta con la repartija de cargos, y cómo resolver el problema de la violencia en el campo por parte del Ejército del Pueblo Paraguayo, dependerá en suma medida el éxito de su gestión para superar las trabas para el desarrollo nacional. Existen intereses poderosos que están detrás de estas movidas del dragón, que debe neutralizar HC, ya sea de los que están empotrados en el mismo aparato del Estado y que conspiran contra su programa de gobierno anti-pobreza, o de los grupos opositores violentos como el EPP que quieren marcarle la agenda al gobierno por un camino diferente al que indica la ley. 
En ambos casos, menos mal que el presidente ya advirtió que no le marcarán su hoja de ruta los delincuentes y los grupos armados alzados contra la Constitución.

Escribe: Luis Alen
lusialgo@yahoo.com

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