Alianza vestida de negro

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La alianza es el comienzo del parche de parca. Viene muy descalza, vestida de negro con tabardo largo, un tul hasta el cuello y cinerario en mano con cenizas rancias. Pero viene en romance, con luz cadavérica en dos frondías negras, bailando sobre el cadáver de un muerto en guerra. Vale decir, sobre un General que en vida fue grande, que ofreció grandor a sus contendores en toda su historia y por todas partes. Fue por su ideal a cumplir con su piel entre los barrotes de una cárcel injusta, y, fue más allá, cruzando fronteras para cumplir el deber de mantener incólume su ideal de grande, nacido en su alma austera y  patriota. Quiso  vestir de galas a los hijos humildes de su patria amada, ofreciendo trabajo, ofreciendo amores.  Hoy le van a honrar con una alianza para echar en cieno su memoria santa. Le van a sepultar doblando la fosa. Le van a sepultar entre las escorias como si fueran pocas sus grandes labores, sus grandes hazañas.  ¡Cual si fuera poca esa democracia que trajo gritando libertad y patria! El tiempo es rosario de muchos misterios. Cabe en su trecho muchas injusticias. Mira que ahora le doblan las piernas, le doblan el cuerpo, le doblan el alma. Le meten en la cancha donde no quería. Le quieren meter entre sus contrarios para beber del agua más turbia de fuente, insana e impura. Y hacen con fiestas entre mandolinas y flautas quebradas, con canto y aplauso de voto inútil. ¡Oh divino lino, oh divina gloria!, gruñen entre mofa y alabanza hipócrita, cantando a su nombre allá en la penumbra. Y él ya no puede poner ese pecho, porque ya está muy tieso en su féretro triste. Ya no puede decirle ¡no quiero, no quiero!, porque está encerrado inerme de voces con sus labios grises. Es buena cosecha, dicen, sus otrora verdugos, y besan su lápida en señal de orgullo, porque piensan que el pueblo cambiará el destino que tiene marcado para el futuro. Y se regodean en fiesta de crápulas viles, pensado cambiar el viento del rumbo que cayó del cielo para el pueblo humilde. El pueblo es sabio, no pierde su paso, ni vende su alma, ni regala sus lides.    En fin, ya se queda El General tan triste con gran melancolía, para echar sus lágrimas sobre esos honores que fueron felices. ¿Quién llora su llanto? ¿Quién guarda su pena?, a partir de ahora que cuecen su alma y su bella memoria. ¡Que hablen doblones, que hablen denarios! Y luego una mano escriba la historia.  Y aunque fuese rota la alianza extinta, o no llegue a tiempo, o fuese indecible, las exequias del tiempo le brindará la honra en precipuo recuerdo, porque está un pueblo que quiere decencia,  que quiere una flor para su nombre culto y una estrella diáfana  para su alma enhiesta. Y no sea una mezcla de clavo y herrumbre, que busque ventaja de votos inútiles, la que inmortalice su eterna grandeza.

Escribe: Higinio Pitta

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