Con la desaparición repentina de Roberto Cabañas el último lunes 9 de enero se cumplió aquel dicho de que nadie es profeta en su tierra. Tras conocerse la muerte el gran futbolista de la selección paraguaya y de varios clubes de Sudamérica y Europa, la prensa deportiva extranjera le dio más destaque al suceso, que los medios paraguayos. Especialmente, los periódicos argentinos recordaron con nostalgia al ídolo guaraní, que dentro y fuera de la cancha jugaba su propio partido.
Aparte de ser un delantero genial, en cada desafío jugaba a muerte los partidos para no perder. Sabía calentar la previa y arrojaba mucha “pimienta” para cada encuentro deportivo. Cuando jugaba en Boca lo tenía entre ceja y ceja a los hinchas de River, y que llegaba hasta a algunos futbolistas, con quienes se cruzaban en permanente desafío verbal, lo cual hacia subir de temperatura, especialmente cuando se aproximaba el superclásico del fútbol argentino.
Se le llamaba la “pantera” por su gran agilidad y versatilidad en el cuerpo, atributo que le valió para convertir un gol antológico, jugando por el Cosmos de Nueva York. Realizó un giro en el aire y de taco sacudió la red adversaria, pasando a convertirse una de las mejores conquistas que se conoce hasta ahora en el fútbol.
Y para que quede aun más patentizado que nadie es profeta en su tierra, en su funeral, en su querido Pilar, el pasado martes 10, ningún representante de la Asociación Paraguaya de Fútbol (APF) puso la cara para rendirle el homenaje póstumo. Porque tampoco en vida, los dirigentes de la selección le rindieron un tributo. Al final, Cabañas, aquí en Paraguay, fue enterrado sin los merecimientos de los apátridas directivos del fútbol nacional, mientras que en el extranjero, especialmente en Argentina, le siguen demostrando su admiración y respeto. Que ironía. Sólo en Paraguay ocurre esto con su ídolo. Sí, un pueblo multitudinario le rindió el último adiós, el martes en su tierra natal del Ñeembucú.























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