De tizas, maestros, políticos y escuela

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No sé hasta qué punto, los que pretenden ocupar cargos, en las generales que celebraremos en  pocos días, están conscientes de la mala calidad de la educación que se provee a nuestros niños. En el caso en que lo estuvieran, se supone que algún plan deberán tener, y en el caso que en no, bueno, sería saber si existe para ellos algún otro tema más importante que justifique esta grave carencia.
La visión actual de la política impuesta en los países progresistas del mundo, indica que todos los caminos que llevan hacia el desarrollo tienen su punto de partida en la cuestión educativa. La misma es un tema trascendental de todo programa político, como también lo es de la vida misma. Mejor calidad educativa, mejor ciudadano; mejor ciudadano, mejor país; mejor país, gente plena y feliz.
En lo concerniente a la educación escolar básica, aquella con la que nuestros niños inician su proceso educativo, constituye el acto iniciativo superior, sobre el que se posicionará el futuro aprendizaje.
Si la base está técnicamente incorrecta el edificio que pretendamos construir no será sólido, el perfil del mismo adolecerá de tantos defectos que finalmente, salvo que se quiera afrontar un derrumbe catastrófico, tenemos que demolerlo y construir otro.
La hipótesis  sólo es posible en la ingeniera de la construcción, no es válida cuando de un niño se trata. La mente, el espíritu y la sensibilidad del educando son como una pizarra indeleble, y lo que allí impregnamos dejará rastros por siempre.
Los primeros años de vida son primordiales en el desarrollo del ser humano, por ser ésta, la etapa del ciclo vital en la cual el niño adquiere una más intensa, rápida y progresiva absorción de habilidades y destrezas sensoriales, motrices, cognitivas, emocionales y sociales, que lo acompañarán toda la vida.
En el mapa de la Educación escolar básica del Paraguay, no se observan tan sólo las carencias materiales de infraestructura, tecnología, rubros, merienda escolar, capacitación y selección de docentes, estas acuciantes necesidades que atentan en contra de la calidad educativa del sector al que aludimos, son sólo aquellas que se ven, son las que están a la vista, pero existe un acto aún más grave y perjudicial para la república y este es el olvido y el abandono de, ¡oh! paradoja, el cerebro de nuestros niños, que debería ser el punto focal del interés educativo.
El precioso centro de la inteligencia de nuestros niños viene siendo sistemáticamente agredido por un supuesto plan pedagógico que está sólo en los discursos. Los valores que se entonan en la fila de la entrada en las escuelas se encuentran cara a cara en las aulas con la dura realidad de las  carencias, aquellas que se ven a simple vista y  además, con la peor de todas, la ignorancia de los maestros, imposibilitados para nutrir al niño de los saberes adecuados para esta determinante etapa de su  vida.
Los síntomas de este mal, pocas veces diagnosticado y sin terapia conocida, de tanto repetirse se tornó peligrosamente cotidiano. Es un aspecto del “así no más luego somos”, que no es otra cosa que un fatalismo crónico provocado, que estrangula el derecho constitucional a la buena  educación que tiene el niño.
Pocos recursos lingüísticos en uso, ni español ni guaraní en profundidad, tan solo el aspecto básico, escaso afecto por la lectura, apatía para el ejercicio de la solidaridad, tanto como para el reclamo de los derechos, poca comprensión de los conceptos.
Los niños van absorbiendo los paralizantes modelos del entorno escolar mediocre, en manos de maestros y directores, intérpretes dóciles e irresponsables de una política educativa impresa en los libros y ausente en la práctica.
El niño va transitando los primeros peldaños de un sistema educativo que no atrapa, pero que no libera, que instruye pero que no educa, que hace crecer alas, pero no enseña a volar. El modelo diseñado para un país inmensamente rico, pero con habitantes contradictoriamente pobres, por falta de una educación de calidad.

Escribe: José Martínez

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