Época de promesas

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El país ingresó en la época en que llueven las promesas de los políticos, en un año plenamente electoral. Cosas hasta inverosímiles se pueden oír y que una vez logrado el objetivo quedan todo en aguas de borraja.

Esto se repite y hasta ya se torna algo muy folclórico en la política castiza nacional, y que la incauta población continúa creyendo en las palabras de los candidatos, quizás esto ocurra atrapado por esa visible necesidad social que enfrenta un vasto sector del pueblo paraguayo.

La práctica que aplica una mayoría de los candidatos cuando se aproxima la campaña electoral es de la más ruin conocida en la política tradicionall, donde se ataca lo más sensible del pueblo, el estómago, aprovechando la extrema necesidad socio-económica de la que padece un porcentaje importante de los compatriotas.

Pero hoy se observa un panorama un poco más alentador, donde la ciudadanía va adquiriendo una gradual madurez política, donde concurre a las urnas a elegir y no a votar, como viene registrándose en el Paraguay de décadas atrás, donde la dictadura stronista ha dejado secuelas imborrables, y que llevará su tiempo a desaparecer.

El pueblo tiene que ser consciente que ya no debe estar hipotecando con su voto “alquilado” el futuro, atendiendo a las terribles consecuencias que dejará más adelante la compra de conciencia, por parte de políticos corruptos e inmorales, a los que sólo les importa sus apetencias personales, por encima de los intereses colectivos.

La clase política no puede continuar burlándose de la gente, aprovechándose de sus necesidades. Hay que tratar de poner fin a este tipo de práctica nefasta, que en nada contribuye para fortalecer la democracia en nuestro país. Muy por el contrario, idiotiza aún más al pueblo, generando un atraso muy visible, desde el punto de vista cívico-cultural.

Cuando aquellos candidatos realizan la tradicional visita casa por casa, para exponer la misma cantinela de siempre, se tiene la obligación en decirles, que se hace ciudadanía con hechos y no con promesas, como están acostumbrados los políticos tradicionales. Es hora de erradicar este tipo de males, que se hizo costumbre en las campañas electorales, que muy poco habla a favor de la consolidación de una democracia plena.

Debe haber un renunciamiento a la forma servil y mendicante de hacer política en el Paraguay. Es inadmisible que se continúe practicando el absurdo mercantilismo, que no contribuye absolutamente en nada para la madurez cívica ciudadana.

Con toda razón que en el extranjero nos ponen el mote de “país bananero”, porque aquí continúa la joda en todos los ámbitos y las autoridades de turno nunca demostraron voluntad política para cambiar este sistema perverso, que poco favor hace para lograr la consolidación de una auténtica y anhelada democracia. Hoy a 28 años de la caída de un gobierno dictatorial, el Paraguay no ha avanzado más allá de una transición.

 

Ahora se presenta una nueva oportunidad al pueblo paraguayo para castigar en las urnas a aquellos políticos y autoridades que se vienen burlando tantos años de la ciudadanía. Ya nadie debe tragarse las fantasiosas promesas realizadas por los oportunistas, a quienes les importa nada más que los beneficios personales.

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