Escribe: Luis Alen.
Cuando la semana pasada Javier Zacarías Irún, en plena sesión de la junta de gobierno de la ANR, pedía con su voz acaramelada que la fiscalía lleve al banquillo a “los senadores conspiradores del Whatsapp”, se confirmaba que la cabeza del clan del Este se amoldaba dócilmente al triste papel de actor de opereta que le asignaba el cartismo, como pago por la impunidad que le concediera HC para no ser intervenida la comuna de CDE.
El hilarante papel secundario que le otorgaron a Zacarías Irún en el sainete armado para tapar el mayúsculo escándalo de las firmas truchas en la solicitud de enmienda entregada a la Justicia Electoral, por lo visto no le fue nada molestoso al decadente liderazgo del republicano esteño, para quien ya no resulta raro adoptar poses poco ortodoxas, con tal de sobrevivir al actual temporal cartista, esperando el momento oportuno para asestar otro golpe en su larga historia de traiciones contra los nuevos amos del poder.
En su fuero íntimo, ZI se está relamiendo por el espectáculo circense del cartismo, que no emboca una en su apuesta por el “rekutu”. Sabe que HC no tuvo otra alternativa que pactar con él, ante la orfandad manifiesta del oficialismo colorado para tener apoyos políticos “presentables”, tanto en el partido Colorado como en la oposición.
ZI comprende que su santa alianza con HC fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de un gran sector del empresariado, la Iglesia y la sociedad en general, que no vieron con buenos ojos la patente de corso que le otorgara Cartes al ex intendente de CDE y marido de la actual intendenta, Sandra McLeod, para que el clan continuara eludiendo el brazo de la Justicia, pese a las evidencias de las groseras malversaciones de fondos denunciadas por los concejales y el frente ciudadano de la capital del Alto Paraná.
La aplanadora contra la sociedad
La fuerza arrolladora de la aplanadora oficialista parecía imparable cuando a mediados del año pasado se consagraba la impunidad para Zacarías Irún, quien había jurado “amor eterno” a Cartes si es que le salvaba la cabeza en una posible intervención a la municipalidad de CDE, tal como había titulado este mismo periódico hace un año.
El proceso de la enmienda constitucional para el “rekutu” aparecía como un mero trámite, hasta que vino la sorpresa de la decisión del Senado del 25 de agosto, cuando en forma llamativa faltó el voto de Fernando Lugo para frenar a los disidentes y opositores anticartistas. A partir de allí se creía que HC entraría en razón y aceptaría capitular en su sed de poder ilimitado, tal como efectivamente lo hizo cuando en octubre expresara su intención de evitar la crispación política que amenazaba con tensiones sociales, que resulta un cóctel muy explosivo para la economía.
Tanto la Iglesia como los empresarios pensaron que por fin el presidente se apeaba de su cabalgata hacia el poder total y se dedicaría a gobernar. Pero estaban equivocados, porque HC cambió muy rápidamente de parecer y volvió a enfilar su “nuevo rumbo” hacia la colisión con la Constitución y con gran parte del arco político, con la sociedad mayoritaria y con la gran prensa empresarial de la que no forman parte los medios cartistas.
La santa alianza con ZI le dio a HC las ínfulas para sentirse lo suficientemente capaz de arremeter contra la sociedad en su conjunto, y en el camino se le unieron dos jinetes más, Fernando Lugo y Blas Llano, para conformar así un nuevo “cuatridemonio” de oro, que recuerda los tiempos stronistas.
En realidad, el cuarteto violador de la Constitución con su lema “Que la Gente Decida”, presagia la vuelta a la noche negra de la dictadura, en la que HC les promete participar en el festín a ZI, Lugo y Llano, pero para llevarse sólo las migajas del banquete cartista con las APP, las concesiones llave en mano, el control del negocio petrolero y los demás tráficos suculentos ya conocidos, incluyendo el del tabaco.
Las prácticas totalitarias
La represión inmisericorde con la venia judicial contra Payo Cubas y sus compañeros pintores de “grafitis” es sólo una leve muestra de lo que se viene, en el caso de triunfar definitivamente la enmienda y que “la gente se decida” por dar su voto a HC.
El cuatrinomio HC-ZI-FL-BLl pasará a la historia como el entregador del pueblo paraguayo a una claque mafiosa que se propone controlar todos los negocios más suculentos en el país, pero a un alto costo de perder el Estado de Derecho y las libertades fundamentales, por causa de una Justicia totalmente subyugada.
El episodio de “la opereta del Whasapp”, que la fiscalía debe impulsar con toda energía según la orden emanada de Zacarías Irún, demuestra claramente cómo el Gobierno fisgonea todos los medios electrónicos en busca de conspiradores imaginarios y para desatar guerras mediáticas al solo efecto de tener sobrecogida de miedo a la población, indicando de paso quiénes son los verdaderos amos de la situación, al más puro estilo stronista.
No puede extrañar por eso que resulta notoria la intención de una política comunicacional que corresponde a la finalidad de confundir a la opinión pública, incluso con la mira puesta en distraer la atención de la gente, evitando de paso que la población conozca la realidad de un Gobierno que en cuatro años de gestión casi no ha hecho nada de relevante en materia de obras y menos aún en la mejora de las condiciones sociales, en educación, salud y vivienda, entre los principales aspectos de la vida diaria, sin dejar de mencionar el lamentable estado en que se desenvuelven el campesinado y los pueblos indígenas originarios.
El espionaje sobre las redes sociales y los perfiles falsos en internet configuran el nuevo arsenal de la propaganda cartista, pero eso sonaría hasta lógico cuando se trata de contrarrestar el pensamiento crítico en una sociedad democrática. Esta orientación comunicacional ya comporta una tendencia totalitaria cuando se pasa a contar con medios pro gubernamentales del Grupo Cartes y con el último anuncio de la vuelta a una especie de “voz del coloradismo”, con la espada de Damocles sobre las 250 radios del interior, lo que ya toma un color castaño oscuro para confirmar que estamos en una peligrosa senda dictatorial, en la que la verdad vendrá de arriba y no de abajo, desde el pueblo.




























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