La Constitución Nacional consagra en uno de sus articulos la libertad de expresión y de pensamiento. Pero esta norma está desarrollada, solamente, en la esfera estática y no dinámica, lo cual lesiona uno de los derechos elementales del hombre, en cuanto a su desenvolvimiento en la sociedad.
Queda plenamente evidenciado que en el Paraguay vivimos una libertad de expresión de fachada, porque en la práctica observamos un escenario totalmente distinto, donde la ciudadanía por cualquier declaración es denunciada, amedrentada, atacada en su pleno derecho, lo cual desnaturaliza ese cacareado mensaje de “libertad de expresión”, que más bien sirve para simple muletilla, que convertirla en realidad.
Pasaron más de 25 años de la caída de la dictadura stronista, pero aun el país no ha pasado de la transición hacia la democracia, que todo paraguayo anhela alcanzar. En medio de todo este tiempo, aparecieron rémoras de autoritarismo, que muchos políticos y autoridades parecieran no querer dejar atrás. Sin embargo, hay un pueblo valiente que quiere olvidar definitivamente esa etapa difícil de esta república y reencausarla por días mejores.
La ciudadanía debe expresar lo que siente, mientras que todo gobierno, que se jacta de demócrata, tiene la suprema misión de acompañar el sentir popular y darle viabilidad al reclamo del pueblo. Pero en el Paraguay viene ocurriendo totalmente lo contrario, donde una persona que denuncia hechos de corrupción o irregularidades en la gestión pública, sufre persecución, es querellada y hasta llevada presa. ¿A eso se le llama democracia o libertad de expresión o de pensamiento?
El Paraguay camina como el cangrejo, para atrás. Lejos de buscar consolidar la soñada democracia, empieza a resurgir atisbo de autoritarismo o despotismo, que algunos nostálgicos quieren volver a reinstalarlo. Pero hay una mayoría abrumadora de compatriotas que ya no desean desenterrar el oprobioso pasado, que hay que olvidarlo para siempre.
Pero desde el mismo gobierno se percibe algunos deseos de retornar la etapa nefasta del stronismo, que tanto dolor y luto ha sembrado en los hogares de varias familias paraguayas. Esos años funestos nunca más se deben volver a repetir.
El país necesita mirar hacia delante, edificando su progreso y desarrollo sobre la base de ciudadanos capaces y honestos. Pero si existe una voluntad política de parte de quienes manejan las riendas de esta nación guaraní, seguiremos transitando por los umbrales de la extrema desigualdad social, que tanto daño ya ha traído al pueblo paraguayo.
El presidente Horacio Cartes debe sincerase con la ciudadanía y abandonar el doble discurso, dejando de lado el cinismo y la hipocresía. No puede continuar enfatizando en sus discursos la “transparencia en la gestión pública”, pero en la práctica hace totalmente lo contrario, donde se pasa apañando y protegiendo a políticos y autoridades sospechadas de corrupción, como el caso de Javier Zacarías Irún y su esposa, Sandra McLeod, actual intendenta de Ciudad del Este.
Ambos soportan serios cuestionamientos en sus respectivas administraciones y que fueron demostrados fehacientemente por los denunciantes. En cambio, el presidente Cartes evitó, con sus diputados, que sea intervenida la comuna paranaense. Es más, los concejales que denunciaron los casos de corrupción en la institución municipal, actualmente, son perseguidos y procesados por una justicia hecha a la medida del clan Zacarías. En conclusión: ¿Existe la libertad de expresión en nuestro país?




























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