Terminada la votación del pasado 21 de abril, la multitud volvió a su casa, esperando el resultado final de las elecciones. Los pobres volvieron igualmente con cierta euforia en los rostros y con cierta esperanza en sus espíritus. De aquel día, ya al caer la noche, solo iba quedando unos gritos placenteros que se removían a la altura de la nube y luego se dispersaban por el más recóndito del ambiente lejano. La noche no se hizo tan larga porque muy pronto se supieron quiénes eran los ganadores.
En el volar de la imaginación de unos y otros bandos, a la mañana, parecía existir un optimismo generalizado. Pero casi al medio día, la balanza ya se iba inclinando hacia el partido colorado, que ya no tendría ninguna otra inclinación que no sea aquella inclinación primera. Después, al día siguiente, se escuchaba el primer análisis serio. Empezaba a liberar el fanatismo y todos iban pasando a la razón con una verdad de hierro. Comenzaba a ponerse de frente “el día a día” y todos debían volver al trabajo. Todos debían buscar qué comer y cómo educar a los hijos. En síntesis, todos debían enfrentar a su realidad, a sus problemas cotidianos, a los grandes desafíos de cada día. Solo se escuchaba decir a la población crédula: “ahora debo trabajar para comer” y otros más pesimistas no terminaban de echar su mal agüero por donde quiera que vayan, maldiciendo a su pobreza. Entonces algunos entendieron que este truco de la política apasiona más de la cuenta pero los grandes ganadores son siempre los ricos y los grandes perdedores, los pobres. Allá arriba quedarán por cinco años los privilegiados y ahí abajo estarán por siempre, “los desheredados hijos de Eva”. Es cierto, llegó una esperanza como Horacio Cartes que puede cambiar definitivamente la suerte de estos pobres que, a veces, no tienen ni qué comer en un país tan rico como el Paraguay. Pero sabiendo que un Gobierno no produce su verdadero resultado sino solo después de dos años de gobierno, los pobres deberán meter freno en la boca y como cualquier animal seguir esperando. El mundo no puede cambiar porque llega un nuevo mandatario.
Lo que puede cambiar es el destino de los hombres. Sin embargo, con falta de educación, falta de empleo, falta de capital, no habrá de cambiar tanto, porque un país dulcemente franqueado por la corrupción y la mentira, no es más que un paraíso para pocos. El resto debe seguir por la senda de “a lo que Dios es grande”.
Ya pasó el tan esperado 21 de abril. Y volvemos a esperar mucho del nuevo mandatario, que en verdad pinta muy bien, aunque no sabremos predecir el futuro. Mientras tanto, una realidad se impone por cuanto hay que esperar.
Y hay que esperar, pues otra cosa no cabe. Solo el tiempo será Juez, fiscal y Señor que habrán de componer la verdad del futuro. Por ahora, los ricos seguirán disfrutando de sus fortunas y los pobres volverán a besar el polvo de su pobreza.
Escribe: Higinio Pitta




























Facebook Comentarios