Con el gran circo que se está armando en la gobernación del Guairá queda una vez más ratificado que el Paraguay es una “republiqueta bananera”, como siempre nos calificaron desde afuera.
Por qué tanto esfuerzo para crear leyes, una constituyente para la promulgación de una carta magna, si en este país no se respeta el estado de derecho. Aquí constantemente las autoridades y el propio gobierno están quebrantando el orden jurídico, para provocar el quiebre institucional.
Hace 26 años que se ha puesto fin a un gobierno dictatorial y anárquico, sin embargo ha quedado y se ha instalado esa rémora del stronismo en la mente de muchos gobernantes y un vasto sector de la población paraguaya.
Y esto se puede percibir en la sociedad, donde aun persiste muy fuertemente esa intolerancia, la prepotencia y la arrogancia en muchos políticos, que buscan llevar todo por delante, sin demostrar un mínimo respeto a la Constitución y las leyes.
Lo que ocurre con el gobernador del Guairá, Rodolfo Friedmann, es un fiel reflejo del país en que vivimos. Es un claro atentado a la voluntad popular, anteponiéndose el atropello al estado de derecho, donde el director de la orquesta para este avasallamiento sería nada menos que el propio presidente de la República, Horacio Cartes, quien desde que asumió el poder gubernamental ha demostrado, fehacientemente, su hilacha de dictador.
El mandatario sacó a relucir aquel dicho que se popularizó en el gobierno de Alfredo Stroessner y de todos los dictadores latinoamericanos: “El que no está conmigo está contra mi”. Cartes no tiene reparos para perseguir a sus propios correligionarios y no correligionarios por pensar diferente.
Él no pone el mínimo énfasis sobre los intereses nacionales, sí prioriza los planes personales y grupales de su entorno político y empresarial. En los últimos tiempos también incorporó como socio comercial al cuestionado político, Javier Zacarías Irún, quien tras ser acorralado por hechos de corrupción, se abrigó en la carpa cartista, para obtener impunidad del titular del ejecutivo gubernamental, con relación al escandaloso robo que viene perpetrando contra las arcas municipales paranaense, desde hace años.
Lamentablemente el presidente Cartes así maneja el país con su entorno. Poco o nada le importa del bienestar de su pueblo, con tal de ir saciando sus apetencias y ambiciones desmedidas. Ha convertido al Paraguay en una S.A., donde no se sabe quién es quien, los que manejan los destinos de esta república. Es penosa y peligrosa la manera como se viene manoseando los anhelos y sueños de muchos compatriotas, que desean vivir en una nación más venturosa.
Cartes tiene el deber de restablecer el orden institucional en la gobernación del Guairá, donde el pueblo paraguayo y los ciudadanos que están afuera son testigos de la forma en que una autoridad electa por el pueblo a través de unas elecciones es arrebatada del cargo, mediante una justicia obsecuente y mercantilista, que siempre está al servicio de los más poderosos. Este tipo de hechos no hace otra cosa que empañar más aun la endeble transición hacia la democracia que viene experimentando esta nación sudamericana. Con justa y sobrada razón nos califican como una “republiqueta bananera”.




























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