Está demostrado una vez más que a las autoridades no les importa el bienestar del pueblo, sólo se preocupan por sus intereses personales o sectarios, como lo vienen pontificando el propio presidente Horacio Cartes y su entorno más inmediato.
A pesar de que el país atraviesa por una terrible crisis económica, cuyo epicentro se observa con mayor intensidad en esta zona fronteriza, sin embargo al gobierno poco le interesa la suerte de la población de esta región y más concretamente de Ciudad del Este, cuyos habitantes viven del rubro del comercio.
Priorizan los mítines políticos, sin importarles mucho la suerte de la población, que se debate en una terrible necesidad social. Pero pareciera que para el gobierno de Cartes no es urgente el drama que enfrentan compatriotas de varios distritos del Paraguay, donde muchas familias deben hacer milagros para sortear el drama de la pobreza, que tampoco es algo nuevo en esta nación guaraní.
¿Qué hacen las autoridades para paliar o disminuir esta aflicción social? Absolutamente nada, y eso se refleja en la acción del gobierno, que no demuestra la mínima voluntad política para combatir la pobreza en el Paraguay. Esta es una falencia de anteriores y actual gobierno, que expresan un total desprecio hacia el pueblo, que no tiene otra salida que seguir soportando la insensibilidad de los gobernantes de turno.
Es penosa y reiterativa la burla del mandatario hacia la ciudadanía. El fin de semana último, en un discurso, una vez más, reiteró su combate y castigo a los que despilfarran los recursos públicos. Pero esta advertencia de Cartes no pasa de una burda promesa electoral, ya que en la práctica se continúa robando a mansalva el dinero del pueblo paraguayo.
Es peor aun, porque algunos de los políticos facinerosos, como Javier Zacarías Irún, es asesor del mismísimo presidente de la República. ¿Cómo se puede creer a un presidente que dice una cosa y hace otra? La actitud de Cartes constituye una reverenda bofetada para la ciudadanía, que sueña con un país más justo y llevadero, apartado de gente corrupta, de la que abunda en este territorio nacional.
Mientras quienes nos representan como autoridades no tienen la anhelada voluntad política, el Paraguay seguirá sumido en el abandono, en la miseria y el atraso colectivo. Es justo el calificativo, cuando en el exterior se nos tilda de una nación bananera, poca seria y regada de corrupción. Son adjetivos que muy poco hablan en favor del país, para que potenciales empresarios inviertan en esta tierra sudamericana.
Pero el presidente Cartes sin ruborizarse habla a los cuatro vientos que el “Paraguay es una tierra de oportunidades”. Pero se olvida de comentar que también es tierra de la corrupción, y que muchos inversionistas pensarán varias veces para arriesgar su capital en un país donde no hay seguridad política y jurídica.
No hay que mentir, que cuando se habla de inseguridad jurídica y política, es una realidad insobornable, ya que en marzo de este año, desde el propio Poder Ejecutivo se impulsó la violación de la propia Carta Magna.
El jefe de Estado continúa vistiendo el traje de la joda, y no el de estadista, que corresponde ponerse a un presidente de la República verdaderamente patriota. Cartes prefiere seguir rodeado de malandrines y facinerosos, antes que asumir su verdadero rol de gobernante.




























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