Un ministro patotero

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Escribe: Lic. Soledad Céspedes Robadin.

 

Se cumple un año de la histórica manifestación juvenil, que la ciudadanía toda estaba ansiosa de volver a revivir, ese despertar juvenil que posteriormente contagió con fervor y vehemencia a los estudiantes universitarios. Esa gesta que al país y a compatriotas en el mundo entero emocionó, enorgulleció y hasta erizó la piel a más de alguno.

Esa juventud cargada de ímpetu, de ideales, de convicción y ansiosa de un país mejor, más justo, más eficiente y que evidencia con acciones sostenidas y claras que el único  camino para hacer realidad esos sueños es la educación, esa educación mediocre, paupérrima, desfasada por citar alguna de sus innumerables y terroríficas características, y que se ve amparada por una «reforma educativa», que en realidad parecía ser más una deforma educativa a juzgar por sus resultados lacerantes, tanto en alumnos como en docentes,  los primeros  para lograr su promoción  y los segundos para acceder a cargos.

Triste y penosamente volvieron a las prácticas  stronistas que creíamos fueron desterradas, como ser las amenazas, sanciones, el «chake», de cuánta sanción  disciplinaria se pudiese aplicar a quienes osasen participar de dicha manifestación. 

Deberíamos hacerle recordar al Dr. Riera que gracias a las manifestaciones y protestas de estos mismos jóvenes, él indirectamente accedió al cargo. Cualquiera diría que el ahora ministro no es abogado, o en realidad no conoce la Carta Magna,  aunque no se necesita ser abogado para conocer las leyes e interpretar las mismas.

El Art. 32 de la Constitución Nacional, de la Libertad de Reunión y Manifestación, dice que las personas tienen derecho a reunirse y a manifestarse pacíficamente. Tampoco se ha interiorizado del sistema evaluativo que lo tienen bien en claro los estudiantes, que el sistema educativo actual es procesual y no de un sólo un día y se lo hicieron saber; mucho menos tiene noción del manejo de la microplanificación, pasando por alto las prioridades y el trabajo de las autoridades  educativas y haciendo el guiño correspondiente a intendentes con antecedentes nefastos del manejo del Fonacide, respondiendo así a sus aspiraciones políticas futuras.

Definitivamente no tiene la más pálida idea de los procesos y manejos educativos y ni mucho menos que su comportamiento no se ajusta a su investidura, tampoco es justificable el actuar de los jóvenes, pero desafiar a una juventud enardecida, hastiada por todo lo señalado con  anterioridad y ante la actitud desafiante de un ministro patotero, se veía a venir ese lamentablemente desenlace.

 

Todo lo acaecido es el reflejo de nuestra lacerante educación cívica y que de ahí urge una revolución educativa, en el más amplio sentido de la palabra.

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