Se va cerrando el 2019, y uno de los políticos que dilapidó y empobreció Ciudad del Este, Javier Zacarías Irún, continúa libre, a pesar de las graves evidencias que aparecieron en su contra. Además de Zacarías Irún, su esposa, Sandra McLeod, y varios otros parientes y de su entorno inmediato, están procesados por enriquecimiento ilícito, asociación criminal y otros delitos.
Sin embargo, hasta hoy continúa burlándose de una justicia servil y acomodada que, desde décadas, prevalece en esta castigada y vilipendiada nación guaraní. Pero la impunidad, de la que gozan los Zacarías, no es un patrimonio exclusivo de ellos; sino existen otros políticos, salpicados por corrupción y otros hechos graves, que también siguen riéndose de la ciudadanía.
Pero el pueblo paranaense y paraguayo es valiente y constante, por lo que no cesará en seguir clamando cárcel para los facinerosos, que se llenaron los bolsillos, apoderándose del dinero ajeno, y que hoy los convierten en multimillonarios, gracias al robo asqueroso, perpetrado contra el patrimonio del Estado.
Es necesaria y urgente una profunda depuración de la justicia en el Paraguay. Los jueces y fiscales venales no sólo deben ser apartados del cargo, sino tienen que ser procesados, y aquellos que ameritan, deben ir a parar a la cárcel. De lo contrario, el país seguirá sumido en el más profundo retroceso, en la miseria y pobreza extrema. Si nuestra clase política no se sacude, esta nación seguirá siendo catalogada, desde el exterior, como el “patio trasero de Sudamérica”.
Esa pésima imagen que se tiene desde afuera por nuestro país se debe tratar de borrar, pero con acciones firmes y sinceras, y no con hipocresía, como nos acostumbramos manejarnos. Se necesita de gobernantes nacionalistas y con decidida voluntad política, para transformar la república. Más que urge que el Paraguay deba abandonar el subdesarrollo, y las condiciones son óptimas. Solamente faltan autoridades patriotas.
El primer punto trascendental para el despegue de una nación pasa por el sistema educativo, donde los gobiernos no deben retacear un milímetro para mejorar el presupuesto en dicha área. También está la salud, seguridad y fuentes de trabajo.
Pero para conquistar esos logros, el Paraguay tiene que acabar con el mayor mal que le aqueja, cual es la corrupción. Aquí el país camina como el cangrejo, hacia atrás. El ladrón es el gentleman y el honesto, es el vilipendiado y el perseguido. A todo esto se debe poner fin, y de una vez por todas el Paraguay debe dar un giro de 180 grados, castigando a los corruptos y poniéndolos en la cárcel, emulando la transformación de Singapur, que en tres décadas se transformó y hoy es uno de los “cuatro tigres asiáticos”, junto a Corea del Sur, Hong Kong y Taiwán.




























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