Alegría que dura poco

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Siempre el fútbol es el que sopesa los problemas sociales de un país, para transmitir un poco de alegría al sufrido pueblo paraguayo.

La excelente participación de la albirroja en la Copa América, Chile 2015, indudablemente ha dibujado una sonrisa en la ciudadanía, para olvidar por unos instantes la profunda crisis económica que desde hace años viene enfrentando la nación guaraní.

Pero los grandes inconvenientes sociales no deberían resolverse  u olvidar con un simple partido de fútbol, que en este país y en varios otros de Sudamérica se ha hecho moda.

En el gigante Brasil, que también enfrenta terribles problemas de carácter social, hasta se declara asueto o feriado, cuando su selección juega. Esto, preferentemente, ocurre durante el campeonato mundial, que se celebra cada 4 años.

Las naciones, con grandes defasajes sociales, tratan de escabullirse, en este caso, en el fútbol, para desviar la atención y generar un relámpago de júbilo en la población. Sin embargo, una vez terminado ese flash de alegría, se vuelve a su realidad cotidiana.

Pero un Gobierno serio, que desea un mejor vivir para su gente, no debe manejarse con engaños e ilusiones, sino muy por el contrario, tiene que trabajar arduamente para revertir los obstáculos con que se tropiezan y que es normal en una nación tercermudista, con grandes inconvenientes de carácter socio-económico y hasta político.

Un Gobierno patriota y nacionalista no puede seguir canjeando el devenir del pueblo por intereses mezquinos, lo cual está demostrado suficientemente que es así, y que ningún beneficio ha generado históricamente a la nación paraguaya.

Hoy, lastimosamente, el titular del ejecutivo se dedica a anteponer los intereses sectarios sobre los intereses nacionales, dedicando una gran parte de su tiempo a la campaña proselitista, dejando atrás los grandes compromisos y desafíos asumidos ante la ciudadanía, cuando fue investido como presidente de la República, aquel 15 de agosto del 2013.

Pareciera que Horacio Cartes confunde roles. No puede ser presidente de una nación y al mismo tiempo un operador político del partido colorado. Eso habla muy poco de la investidura de un jefe de Estado, que tiene que demostrar imagen o figura de estadista, lo cual insuflará respeto en la ciudadanía, y especialmente hacia los otros Gobiernos colegas.

El presidente tiene que acabar con el “kachiaí” y tomar en serio la responsabilidad asumida ante el pueblo paraguayo, que continúa aguardando sus grandes promesas, como el combate a la pobreza, fuentes de trabajo, oportunidad para los jóvenes y profesionales, atención a las personas de la tercera edad, entre otros puntos.

A esto hay que añadir la caótica situación económica que vive la capital mercantil de la República, Ciudad del Este, que atraviesa una de sus peores crisis de los últimos años.

 

El pueblo guaraní no puede estar pendiente del resultado de su selección de fútbol para dibujar un poco de alegría en su rostro. El Gobierno tiene que enmendar errores del pasado y ordenar la casa para que se pueda encausar el país hacia el anhelado desarrollo, deseo de todos quienes habitan este suelo patrio sudamericano.

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