La calidad de vida de los habitantes del país se refleja en las oportunidades de las que dispone para el disfrute de las cosas más elementales, como alimentación, educación, empleo, justicia y seguridad.
Por la importancia que tienen para la construcción de la dignidad humana, estos bienes son considerados los pilares de los derechos elementales que asisten al ciudadano, por lo que el Estado ha creado las instituciones encargadas de promoverlas.
Para las estructuras institucionales responsables de tales bienes son asignados millonarios presupuestos financieros, que a modo de inversión social deberían mostrar un resultado visible en la calidad de vida de las personas.
Nada más decepcionante observar que las instituciones sean noticias sólo por el debate que genera el millonario presupuesto que se les asigna y luego, por las quejas que devienen por los miserables resultados a favor del país. El deplorable desempeño de sus responsables, no hace más que acrecentar el sufrimiento de la gente y en especial de las personas atrapadas en la pobreza, que golpea a más del 40% de la totalidad de los habitantes.
La crisis institucional en Paraguay nos alerta sobre un diagnóstico que requiere una inmediata acción reparadora de sus tejidos atacados por el cáncer terminal de la corrupción.
Ministerios, secretarías, instituciones y programas bullen en el más desagradable caldo de inoperancia y deshonestidad.
Esta ollas son tomadas por gavillas delincuenciales, que con el antifaz de la política esconden sus rostros de vulgares ladrones. Como resultado de la calamidad, vemos a los aborígenes desangrase en miseria, ante la impotente mirada del ciudadano, por ello también se instala el miedo y la desconfianza en la acción policial y ni hablar del repudio colectivo a la mediocridad desnuda de los docentes, y de la dolorosa resignación de quienes en los hospitales públicos esperan la muerte.
Un país al que le toca en suerte ésta calidad de vida no es feliz y no existe nada más reprochable que los gobiernos favorecidos por el poder del voto, amparando a los tenebrosos delincuentes que usurpan el rol superior de la política servidora del ciudadano. Las instituciones del Estado paraguayo lucen en ruinas, son sumideros en los que van a parar la hedionda corriente de los que sólo llegan a la política para servirse de ella y favorecer sus angurrias personales. Por observación de la lógica en las tendencias, es absolutamente urgente depurar, controlar y potenciar a las instituciones públicas, para que dejen de ser una perversa oportunidad para unos pocos bandidos, y se conviertan en lo que esencialmente define y justifica su existencia, el bienestar de la gente.
Escribe: José Martínez





























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