Crimen y castigo

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En la larga lista de funcionarios de las nuevas cámaras de diputados y senadores, aparecen familias enteras de actuales y anteriores legisladores, con jugosos salarios qué, con su esforzado trabajo diario pagan doña Candé la chipera, Doña Rosa la dueña del copetín, aquél empresario al que le va bien porque se rompe trabajando, al igual que el industrial o el honesto comerciante, en fin, toda la gente que paga sus impuestos para que el gobierno haga las inversiones necesarias en educación, salud, caminos, etc.
Salta a la vista que los tres poderes del Estado están fuertemente comprometidos en este descarado y desleal atraco a los fondos públicos, primero; porque se supone que los tres, por mandato constitucional deben ejercer el control entre sí, segundo; el no haberlo hecho los  convierte en cómplices.
La situación es claramente terrible, en Paraguay el gobierno de la República está en manos de una gavilla de ladrones, sus integrantes han sido sorprendidos en flagrancia y lo menos que  deberían hacer, si es que les resta un gramo de honestidad a los integrantes de la cámara, que no estén involucrados en el delito, es obligar a renunciar a los nepotistas, éstos parásitos que además de ineptos, utilizan el lugar que ocupan para dar empleo a  su familia, con el único propósito de alzarse con la mayor cantidad de dinero público. El uso de esta pecaminosa práctica es corrupción, dado que la acción viene determinada por el funcionario y al sólo efecto de su propio interés y provecho,  causando perjuicios al país, cuyos intereses, guaú, deberían proteger.
El Congreso nacional despilfarra US$ 1.500.000 por año en nepotismo (sueldo, gratificaciones y bonificaciones en parientes), según se puede colegir de la lista parcial de funcionarios publicada. La Cámara de Diputados es la más generosa, con G. 363.657.726 mensuales, mientras que el Senado desembolsa G. 124.986.764 en ese periodo.
Este sistema de corrupción institucionalizada en Paraguay tiene raíces históricas, sus consecuencias las venimos sufriendo en forma de falta de caminos, alimentos para escolares, falta de útiles o insumos en los hospitales, pésimo transporte público, etc.
Esperanzadoramente en esta ocasión, gracias a la gestión de un sector de la prensa, éstos sinvergüenzas fueron obligados a publicar la información, que aún siendo un derecho público, la negaban, argumentando la protección de la intimidad y la dignidad de los funcionarios de las cámaras, atributos de los que sobradamente, se demostró, carecen. En cuanto a la intimidad, lo que de verdad querían proteger es la promiscua familiaridad con que ofendían a su patrón, el pueblo a quien traicionan vilmente. 
Lo que todos esperamos es que éste escándalo, nunca expuesto como ahora, pase del show al terreno de las consecuencias y los castigos ejemplares, que no se lo dirija hacia el rumbo del opareí. El sufrido pueblo paraguayo reclama en silencio el respeto que sus autoridades hace tiempo le perdieron.
Las callosas manos del campesino, el retorcido dolor de estómago de los niños con hambre, la mirada perdida de los ancianos dolientes en los asilos, la nostalgia dolorosa de los paraguayos que salieron del país por falta de trabajo y que añoran vivir donde nacieron, la indescriptible miseria de los aborígenes expulsados de sus tierras y la esperanza nunca marchita de los jóvenes, así lo exigen.

Escribe: José Martínez

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