A pesar del gran rechazo de gestión ciudadana que soporta el presidente Horacio Cartes, hay una percepción real en la población de que el mandatario maneja el país como quiere, sometiendo a sus intereses particulares a una mayoría de las instituciones de la República, llámese el Poder Judicial, Ministerio Público, un vasto sector del Congreso y a todos los estamentos del Estado.
La gran disyuntiva que surge en medio de una atribulada gestión gubernamental, si el presidente Cartes consigue todo lo que quiere gracias a un respaldo político de sus aliados o es fruto de su poder económico, con el que somete a varios parlamentarios de los diferentes partidos, líderes colorados y hasta opositores liberales, Frente Guasu y de otras corrientes.
Cuesta creer que en medio de una gran impopularidad de la que goza el actual mandatario paraguayo tenga que recibir apoyo a cambio de nada, conociendo la poca catadura moral de un vasto sector de la clase política nacional. “El último que salga que apague la luz”, es el adagio popular en esta nación guaraní, que está arrasada por una imperante corrupción, un mal endémico que corroe, desde décadas el tejido social del pueblo paraguayo.
Y así como se observa en el firmamento, en la realidad socio-política nacional aun seguiremos conviviendo por varios años con esta lacerante situación, donde la desigualdad social está cada vez más acentuada entre el pobre y el rico, sin que a las autoridades poco o nada les interesen el devenir de su pueblo.
Las necesidades se han disparado, poca cobertura de salud, poco presupuesto para educación, casi nula oportunidad de trabajo, entre otras carencias, que conlleva para los habitantes a la falta de oportunidades para el despegue individual, y, por consiguiente, al desarrollo de esta nación guaraní.
Horacio Cartes se engaña a si mismo cuando cree que el poder económico del que dispone, que le permite comprar la conciencia de un alto porcentaje de los políticos, quienes tienen, como marca registrada, la ilegalidad, la falta de ética y el pokare, muy poco habla a favor del país, para su imagen tanto nacional e internacional.
El presidente pareciera que ni se da cuenta del tremendo daño que produce cuando con la plata (de cuyo origen también se duda) empieza a comprar jueces, fiscales, parlamentarios, para así buscar violar la Constitución y las leyes del país. Desde cualquier punto de vista este hecho por demás grave, sienta un precedente nefasto y una gran incertidumbre para la consolidación definitiva de la democracia en el Paraguay.
Toda esta crisis política que viene atravesando esta República tiene un nombre y apellido, Horacio Manuel Cartes Jara, quien nunca hasta hoy se puso el traje de estadista, que todo presidente de una nación debe vestir. Al contrario, al mandatario siempre se lo ve rodeado de gente nefasta, que empaña su investidura de jefe de Estado. El mismo Cartes ha hecho muy poco para sacudirse de un entorno muy cuestionado y que poco favor hace para cambiar la imagen de este castigado país sudamericano.
Definitivamente el presidente Cartes debe entender que este sistema mercantilista extremo que impuso en su gobierno para manejar el país, es lo peor que ha adoptado, porque todo es pasajero, pero deja una herencia por demás tétrica y nefasta para la historia del Paraguay. Definitivamente se tiene que voltear la página y tratar de quitar al país del ostracismo y buscar acabar con la impunidad, que tanto daño produce.





























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