En estos días se reiteran los debates en torno al perfil urbanístico futuro de CDE, y todos concluyen en la coincidencia de establecer las condiciones urbanísticas apropiadas, con el fin de transformarla en la urbe turística comercial sostenible, fiel a su naturaleza original, pero liberada de las cadenas del desorden del tránsito caótico que la oprime cada día, a más, se pretende, incorporar a ella obras de infraestructuras con el objeto de hacerla más amable y atractiva. El universo urbano de la capital del Alto Paraná es un escenario en convivencia diaria con miles de turistas de compras y comerciantes en viaje de negocios, llegados del exterior y de toda la República, qué, atraídos por su oferta, novedad y variedad, la consagraron como el icono urbano comercial más importante de América del Sur. Mayoritariamente los debates en auge giran en torno al rol mercantil y turístico que posee por excelencia, y buscan afanosamente complacer las necesidades de sus visitantes, pero olvidando incorporar a la mesa del análisis, la perspectiva de los que habitamos en ella, dejando de guardar en la memoria de la discusión los aspectos que incomodan profundamente a sus propios habitantes.
Naturalmente que el mejoramiento del perfil urbanístico de la ciudad traerá beneficios incontables para todos, pero ello no estará completo sí es que no solucionamos el pésimo servicio del transporte público que sufren los habitantes de CDE.
Deberíamos enmendar este olvido, de forma urgente, incorporando a los debates el eje relacionado al sistema de interconexión urbana del transporte, y ello en primer lugar, exigirá que la prestación del servicio se conciba desde una óptica más completa y deje de ser solo un cálculo a favor del lucro de quienes se benefician con la explotación de los itinerarios. Duele el transporte público de CDE en las condiciones actuales, las tortuosas esperas de los pasajeros apenas entrada la noche, desaniman toda posibilidad de imaginar la ciudad con vida social nocturna acorde con las ideas de sostenibilidad que se exponen en los debates.
Además, los usuarios del servicio brindado en maltrechas e incómodas unidades soportan la vejación de los niños, que para evitar el conteo de los odiosos molinetes de control, deben arrastrarse para abordarlos y esto, casi siempre acompañado del maltrato que los choferes y guardas propinan indebidamente a los sufridos y resignados pasajeros.
No se trata de un detalle sin importancia, la calidad del transporte público para una ciudad con las pretensiones de la nuestra, es más, constituye un resorte muy sensible y revelador de su nivel que, sin la atención adecuada, disparará un arsenal de críticas justificadas plenamente contra ella, con las consabidas consecuencias negativas que la distanciarán de sus metas propuestas. La ciudad que anhelamos no estará íntegra si es que dejamos de lado debatir junto a otros temas, el tipo y la calidad del servicio de transporte público, que en la actualidad incomoda y agrede al viajero, con la dolorosa experiencia de someterlo a la dictadura de empresarios amparados por las autoridades políticas y enceguecidos por la fiebre del lucro abusador.





























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