El origen del Día del Médico está en el año 1933, cuando se decretó en un congreso médico en la ciudad de Dallas, estado de Texas (Estados Unidos). La fecha se eligió en honor al médico cubano Carlos Juan Finlay, nacido en la mencionada fecha, en 1833.
En el congreso celebrado en Dallas, quedó confirmada la teoría, presentada por Finlay el 14 de agosto de 1881 en la Academia de Ciencias de La Habana, de que la fiebre amarilla era transmitida por el mosquito Aedes Aegypti, mismo insecto que transmite el dengue. Con su descubrimiento se pudieron salvar millones de vidas humanas.
En la opinión de destacados galenos de la zona, aglutinados en la Federación Nacional de Trabajadores de la Salud (FNTS), el Día del Médico para los profesionales paraguayos no es tanto una fecha para «celebrar» sino una para reflexionar sobre las contribuciones que han hecho, lo positivo y lo negativo.
Para los mismos, la tarea cumplida por los médicos locales, con luces y sombras, con errores y aciertos, ha contribuido de manera positiva para enaltecer la difícil tarea que les toca cumplir.
Señalaron que en una profesión que depende enormemente de un sostén tecnológico y presupuestario que a veces no es suficiente, el médico paraguayo se ha desenvuelto bien.
Subrayan que es el médico el que debe ser el principal sostén de las políticas públicas de salud, y éste no debe dejar que «se la impongan».
Entre las muchas reivindicaciones de la FNTS, y que anualmente hacen público a través de la prensa, figura de que los galenos son mal pagados, no perciben el salario regularmente a fin de mes, de que secuestran los beneficios logrados mediante luchas gremiales y que discriminan los salarios pagando tres veces menos a especialistas.
Finlay salvó millones de vidas
Carlos Juan Finlay y Barrés, médico investigador, nació en Puerto Príncipe, hoy denominado Camagüey, Cuba, el 3 diciembre de 1833 y falleció en el año 1915.
Su padre, Edward Finlay (escocés), fue también médico. Vino de Inglaterra en el año 1820 para unirse a la gesta libertadora de Simón Bolívar, el buque en que viajaba naufragó y el Dr. Finlay quedó en Puerto España, Trinidad.
Conoció a Elisa de Barrés, con quien se casó y luego fueron a Puerto Príncipe. Carlos J. Finlay recibió su educación en Le Havre, su capacitación médica en Rouen y posteriormente en Filadelfia, en donde tuvo como maestro a Kearsly Mitchell, pionero de la teoría de los gérmenes como agentes patógenos.
Carlos Finlay fue el descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla, la importancia de este descubrimiento se debe a que se trata de la primera infección humana en que se demostraron la intervención causal de un virus y la transmisión de este por picadura de un insecto, el mosquito Aedes aegypti.
Estudió el comportamiento del mosquito, su anatomía y sus hábitos de alimentación en diversas condiciones de temperatura y condiciones atmosféricas, como así también su distribución geográfica en una presentación realizada en la Academia de Ciencia de La Habana el 14 de agosto de 1881.
Con este descubrimiento se evitaron miles de muertes en América Latina y además facilitó gracias a su investigación, prevenir la mortalidad de los operarios en la construcción del Canal de Panamá, debido a que en esa época muchos de ellos fallecían a causa de esta afección. A raíz de este descubrimiento también se hallaron medidas sanitarias para combatir la enfermedad.
El trabajo científico de Carlos J. Finlay «El mosquito, hipotéticamente considerado como agente transmisor de la fiebre amarilla» es un clásico de la salud pública y se publicó por primera vez en el año 1881 en los Anales de la Academia de Ciencias de La Habana.
La profesión en la actualidad
La profesión médica en la actualidad está viviendo grandes avances a nivel tecnológico y científico, como así también cambios positivos en la relación médico-paciente.
Los profesionales deben siempre tener en cuenta las siguientes reglas éticas fundamentales que protegen la salud física, mental y social de aquellas personas que requieran el saber profesional para curar o aliviar sus dolencias: La confidencialidad, es decir, el resguardo del secreto médico; Veracidad en la información claramente requerida; Consentimiento informado de parte del paciente o sus responsables de los riesgos y beneficios de la terapéutica propuesta por el médico; y, finalmente, Justicia, es decir, el trato con equidad para toda persona cualquiera fuere su condición social, sus ideas políticas, raza, religión o sexo.





























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