El despilfarro debe terminar

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De cómo la plata pública se derrocha ante las propias narices de los contribuyentes, como si fuera la cosa más natural, es una práctica a la que el pueblo ya no debería darle la silenciosa aprobación de los que callando lo aceptan y lo promueve.
Los altos funcionarios y autoridades deberían por lo menos, tener un poco de respeto a la majestad del pueblo y no seguir con obsceno festín, ante la casi colmada paciencia del sentido común y el decoro.
Seguir teniendo un gobierno que dilapida dinero en un inflado presupuesto destinado a gastos fijos superfluos, sólo beneficioso para el interés de unos pocos, dejando de  lado las urgencias de un Estado empobrecido, merced a las mala administración de la cosa pública, es tentar a la ira de los afectados por el criminal detalle.
No resulta inteligente ni mucho menos algo parecido a lo patriótico, seguir comprobando que somos un Estado pobre, administrado por un gobierno que vive como rico y gastando casi todo el dinero que recauda,  en la grosera complacencia de  los privilegios de  una minoría. Los hospitales sin insumos, con falta de profesionales y los que están en ellos alejados de la práctica médica humanizada, la educación a la deriva, sometida a la lógica de una mera instrucción para la producción de analfabetos funcionales y profesionales sin moral, entre otras cosas son los resultados más evidentes de una política sin dirección ni inspiración patriótica.
Los sucesivos gobiernos dedicados a considerar que los potenciales recursos del país están solo para el provecho de los que desempeñan en la función pública y la minoría afín a ella, han olvidado el fin superior que rige la voluntad y la práctica de todo  gobierno patriota.
Son el tipo de poder político empotrado en la dirigencia gubernamental que le saca las esperanzas a la gente, que decepcionada apronta las valijas y huye de su propio territorio, profundizando la herida del destierro por razones económicas, una herida que en el caso paraguayo, siempre está abierta y sangrante.
No deberíamos perpetuar desde el gobierno la negación de las más simples bases administrativas, cuya ignorancia lo reduce al nivel de una mera agencia de empleo para los parientes y amigos, lejos del supremo fin dispuesto para él en la Carta Magna.
La reducción inmediata del personal público, sin ocupación valedera y sin apego a la eficacia y la excelencia, al parecer, es un toro al que ningún gobierno ha querido tomar de las astas y ello por las temibles consecuencias que pudiera tener en el ámbito de los privilegiados. Los que ni siquiera aceptan un planteo del tema y mucho menos una clara y honesta discusión sobre el daño que su odioso status ocasiona a la multitud de víctimas de tal delincuencial despropósito administrativo, que a más de inútil, resulta inconducente para el objetivo superior de todo gobierno comprometido con  el progreso de la República.
Estamos iniciando un nuevo trecho gubernativo, llegó el momento de derribar el adefesio administrativo banal, que nos ha conducido a los calamitosos resultados que nos muestran un país cercano al brindis de unas fiestas de fin de año injustamente desigual.

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