Los últimos acontecimientos políticos, sin dudas, pone en riesgo la estabilidad social del país. La disputa de intereses hace que se desvíe la atención de los verdaderos problemas por los que atraviesa esta república.
El presidente Horacio Cartes es el principal conductor de los destinos del Paraguay, por lo que un alto porcentaje de las responsabilidades descansa sobre él.
Actualmente el país atraviesa por erupciones políticas delicadas, los integrantes de los tres poderes del Estado deben tener la capacidad y la inteligencia para intentar descomprimir la enmarañada situación, que se da en dos frentes, entre el Ejecutivo y el Congreso Nacional.
Todo comenzó cuando se desató la campaña proselitista dentro la ANR por la presidencia de la Junta de Gobierno, que tendrá lugar el próximo 26 de julio.
El mandatario, influenciado por algunos cuestionados y resistidos dirigentes partidarios, decidió dejar de lado al que hasta ese momento era el candidato oficialista, Mario Abdo Benítez, para nominar al diputado Pedro Alliana como el postulante de “consenso” para la presidencia de la ANR.
Esta actitud poco inteligente, sumada a la soberbia de Cartes, llevó al enojo de nada menos 15 senadores colorados, que acusaron al presidente de “faltar a la palabra empeñada” y que se dejó influenciar por dirigentes, que hasta hace poco lo tildaban de contrabandista y de traficante, como el caso de Javier Zacarías Irún, y que hoy, por intereses mezquinos, trata de conducir al mandatario por camino torcido y equivocado.
En estos momentos hay un abierto y público enfrentamiento entre el Poder Ejecutivo y la Cámara de Senadores, que innecesariamente permite que se enrarezca el escenario político nacional, produciendo, al mismo tiempo, desconcierto en la ciudadanía.
Lastimosamente, con esta pelea intestina, la única gran perjudicada es la población paraguaya, que deberá seguir esperando la aprobación de importantes leyes, a raíz de la disputa de intereses político-partidario que se viene dando entre dos poderes del Estado.
Las autoridades deberán entrar en razón y tratar de reencausar por los conductos normales los destinos del país. El presidente, que es el “papá guasu” de todo el pueblo paraguayo, deberá despojarse de su soberbia y de la mala yunta, convocando a los principales actores políticos a un diálogo amplio y sincero, para intentar despejar el horizonte de negros nubarrones, antes de que llegue la tormenta.
Hoy el panorama está sombrío. Existen sensaciones negativas encontradas, como la inseguridad, la presunta narcopolítica, la corrupción y otros males, que poco favorecen para incentivar las inversiones en una nación que necesita el despegue económico y social para lograr el anhelado desarrollo.
Aquí se plantea una disyuntiva; donde los políticos están anteponiendo los intereses personales sobre los nacionales. La cacareada voluntad política, que constantemente se pregona, no pasa de ser apenas un disco rayado, que nunca se pone en práctica. El presidente tiene la perentoria misión de rectificar rumbo, porque de lo contrario, cada vez más estará poniendo en riesgo la estabilidad del país.





























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