
Escribe: Luis Alen.
Para el presidente de Bolivia, Evo Morales, no existe punto de comparación entre las economías de su país y el Paraguay. Y ello ocurre no precisamente por lo que señala el jefe de Estado del Altiplano, referente a la desigualdad social fomentada supuestamente por el modelo paraguayo frente a la inclusión que se incentiva en el modelo del Estado Plurinacional boliviano, sino por la forma de encarar la creación de riqueza.
A pesar de ser ambas de las de más bajo desarrollo en Sudamérica, sus potencialidades son enormes, pero, lamentablemente, sus gobiernos no se encuentran a la altura del desafío de la hora, como son la plena complementación económica y una eficiente integración energética.
Para comenzar, Evo hubiera realizado un mea culpa sobre el escaso intercambio comercial entre ambos países. Como se sabe, el comercio fluido es una de las bases del desarrollo económico y social de los países. Entre Bolivia y Paraguay, se da un incipiente relacionamiento, pero se lo realiza con mucho esfuerzo por parte de actores privados, dada la virtual carencia de infraestructura de conexión física, pese a la existencia de una frontera seca de casi mil kilómetros y a la presencia boliviana sobre el río Paraguay.
De complementación económica, ni hablar. No hay posibilidades de un desarrollo conjunto en algunas áreas económicas, a pesar de que, por ejemplo, en el ámbito energético Bolivia puede aportar a una empresa binacional el abundante gas natural que posee y Paraguay su excedente de hidroelectricidad, con el fin de instalar un polo industrial en la hidrovía Paraguay-Paraná.
El presidente boliviano se fijó exclusivamente en que el pueblo paraguayo recibe muy poco de la bonanza económica de los últimos años, que ocurrió por el boom de los agronegocios, la exportación de carne, la construcción privada, el desarrollo de algunos rubros industriales y de los servicios, así como en menor medida por la inyección de recursos estatales en la economía. Afirmó rotundamente que es porque el Paraguay “exporta” capitales que son producidos por el crecimiento económico y que, por lo tanto, el pueblo sólo ve pasar el dinero por sus narices.
Orondo expresó Evo que en Bolivia ocurre todo lo contrario y que el Estado se encarga de “internalizar” el capital que es el producto de la expansión económica. Así, la plata se queda en el país y circula entre el pueblo.
Sin embargo, una ley económica clave es que los países emergentes no pueden vivir sin las inyecciones de capital que provienen del exterior, ya sea en colocaciones directas de los inversionistas privados o por la contratación de créditos externos por los gobiernos. El Paraguay mismo, a pesar de ser a primera vista más elegible que Bolivia para la venida de los capitales extranjeros, debió recurrir a colocar recientemente bonos soberanos –es decir, garantizados por las reservas internacionales- por US$ 1.000 millones.
En el más reciente informe del Banco Mundial sobre la facilidad para hacer negocios en los países del mundo, Bolivia aparece muy por detrás del Paraguay en el ranking de los obstáculos que existen para otorgar fluidez a las inversiones, de tal forma que la economía sea más dinámica y atractiva para los capitalistas. Resulta una señal de que el proceso de creación de riqueza en el vecino país es mucho más complicado que en Paraguay, lo cual es una traba importante para cualquier proyecto de inversión.
Este mismo capital debe tener reglas claras, precisas e invariables en el tiempo con respecto a los movimientos de divisas sin restricciones, especialmente para las remesas al exterior de sus utilidades, lo que precisamente se da en Paraguay y no tanto en Bolivia, donde se sabe que el Gobierno populista de Evo restringe al máximo la salida de dinero del país.
Lo que sí será conveniente para ambos pueblos es el análisis de una plena integración y complementación como vecinos fraternos, porque, como se suele decir, hay que fijarse más en lo que nos une que en lo que nos separa.





























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