Como no ha ocurrido en varios años, en 2013 el empresariado ha pegado el grito al cielo por la vertiginosa disminución de las ventas de comercios e industrias, de hasta 40 por ciento con relación al año anterior. Toda la culpa se le echa al contrabando, principalmente proveniente de la Argentina, pero también mucho se debe responsabilizar a la falta de un plan que apoye a la formalización de la actividad económica.
El incentivo al crecimiento de la economía formal deviene de la misma necesidad que tiene el fisco de allegar más recursos para financiar las inversiones en infraestructura, a la espera de la implementación de las concesiones a través de las alianzas público-privadas.
Pero, antes que disminuir, la informalidad crece en la medida en que las distorsiones creadas por las políticas económicas de los países vecinos impactan en el Paraguay.
Preocupa realmente que el consumo interno no favorezca a las empresas locales, sino que vaya a abastecerse en las fronteras, haciendo muy próspero el negocio del contrabando y la evasión de impuestos. Hasta el punto que se habla de que las alicaídas ventas de los comercios no se recuperarán satisfactoriamente ni siquiera con la inyección de alrededor de US$ 900 millones que hará el Estado en la economía, previa a las fiestas de fin de año con los pagos de sueldos y aguinaldos a los empleados públicos. Esto porque gran parte de los fondos se destinarán a comprar productos más baratos que son traficados en la frontera evadiendo todos los controles.
¿Convivir con el contrabando?
El ministro de Hacienda, Germán Rojas, a falta de un plan económico que combata el contrabando a través de medidas adecuadas, llegó a decir en forma resignada que no había otra opción que convivir con este flagelo de las empresas formales. Con ello de paso llegaba a reconocer que los controles son inútiles en una frontera que resulta un colador por las marcadas diferencias de precios existentes en la otra orilla.
El Gobierno verá así una gran parte del circulante aumentado esfumarse hacia el comercio informal con Argentina y Brasil, con lo cual se perderá una buena cantidad pasible de tributar al fisco. Por otro lado, también se perderá la posibilidad de crear empleos formales y, por ende, de aumentar las recaudaciones del sistema de previsión social.
Así como ocurre con el dinero estatal a ser inyectado desde esta semana a la economía, con los pagos de sueldos de noviembre y luego con el aguinaldo y el salario de diciembre, lo mismo sucede con la riqueza generada en el sector primario, que no está produciendo ningún efecto en el mercado interno. Se vio un crecimiento de alrededor de 13 por ciento en el PIB (Producto Interno Bruto) en 2013, pero esta bonanza no se tradujo en un fuerte incentivo para apuntalar el consumo. Al contrario, también la potenciación de los ingresos con el aumento del PIB se volcó hacia la frontera.
Entonces, lo que cabe en esta circunstancia es poner en ejecución un plan de salvataje de la economía formal y de las empresas formalizadas, en vez de recurrir al fácil expediente de la “convivencia” con el contrabando, a estar por la posición simplista del ministro de Hacienda.
Esta postura del secretario de Estado hace recordar los tiempos del régimen stronista, cuando el tipo de cambio invariable de G. 126 por dólar era intocable por una especie de mal entendido “orgullo nacional” para el mantenimiento de una ficticia estabilidad monetaria que escondía grandes distorsiones con los países vecinos, que afectaban a la industria y al comercio local.
Ya es el tiempo de ir pensando en un plan económico y monetario que contemple la corrección de las distorsiones cambiarias con los países vecinos, a través de la búsqueda de un tipo de cambio más competitivo y realista. Esta dosis necesaria de realismo económico debe comenzar por reconocer que la única opción es, en vez de la “convivencia” con el contrabando, la potenciación de la economía y de las empresas formales.
Escribe: Luis Alen
lusialgo@yahoo.com





























Facebook Comentarios