Juramento y mentira

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Si así no lo hiciereis, que Dios y la patria os lo demanden, ésta expresión sella el juramento de las  autoridades  al asumir los altos cargos que le son conferidos para servir a la patria.
Al paso de los años y con los incontables atropellos y omisiones perpetrados en contra de aquellos juramentos tan solemnemente observados, no tenemos otra que pensar más que sobre la naturaleza ritual del hecho, o a lo sumo, sobre el engañoso y efectista dramatismo del mismo. Si Dios y la patria hubieran demandado a todas las autoridades que pisotearon sus juramentos, al menos algunos, deberían estar pagando el castigo que el juicio divino y terrenal, reserva a los inmorales que reducen a la simple teatralidad, aquello que ingenuamente el pueblo lo toma como una  actitud de completa  y sincera entrega. Las repetidas expresiones del juramento de servicio y fidelidad a la patria, se van transformando en alevosos actos de despojos y atropellos al bien común.
La majestad del pueblo ultrajada una y otra vez hasta que los gritos de las víctimas terminan sofocados por el grosero estruendo provocado por aquellos que, burlándose de sus juramentos, muestran los afilados garfios de los piratas mentirosos.
La pesadilla descripta no es sino un mal sueño que a la gente le revolotea en la cabeza, no es para menos, ya lo ha vivido  en penurias reales, por eso es que el temor sigue latente, es un recurrente malestar, que para su cura o alivio reclama acciones coincidentes con el juramento de sus autoridades.
Habrá que estar alertas para que los juramentos, no se transformen en las meras buenas intenciones con las que siempre se empedraron el tortuoso camino del sufrimiento popular, en contraste con el confortable beneficio de unos cuantos, como resultado de la inequidad más desalmada.
El juramento no constituye una superficialidad sin valor, está cimentado con  la esencia misma de la Constitución Nacional y el compromiso que genera en los que de él participen, debería ser respaldado con la más integra actitud, a sabiendas de las graves consecuencias que derivarían para  aquellos que lo incumplen.
Si resulta tan necesario, recuperar el valor de la palabra para retomar la convivencia integra y garantizada en una sociedad donde la expresión verbal empeñada, perdió su cotización, por la misma razón, y dada su repercusión vital y dramática en el destino de la nación, deberíamos exigir el cumplimiento de los juramentos que frente a Dios y la patria de forma solemne y rotunda prestaron los que rinden  servicios al país.
Esta exigencia deberá propiciar y llevar a los estrados de justicia a quienes toman con tanta liviandad las promesas que formularon, teniendo como testigos al mismo Dios y a la Patria.
Los actos juramentales que son oficiados en la función pública, tanto como en los ámbitos académicos, no son formalidades vacías de contenido y sin ninguna consecuencia para los perjuros, por el contrario, tienen la contundente carga de la inapelable  circunstancia que obliga el cumplimiento de lo prometido, o en su defecto, al menos, morir en el intento.

Escribe: José Martínez.

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