
Escribe: Abog. Gloria Ramírez.
La violencia en sí misma, se sostiene en la demostración de fuerzas, característica de cualquier tipo de vínculo. Las redes de poder se entrelazan conformando una trama compleja y dinámica, produciendo en el cuerpo las marcas del sometimiento.
Convenimos en entender como violento cualquier acto que produzca una transformación en un proceso «natural» determinado. Cualquier situación en la que este proceso se interrumpa, se transforme, se podría visualizar como una acción violenta.
Podemos concebir a la violencia como una forma naturalizada de relacionamiento social, donde, las formas de cristalización se configuran en relación a las producciones subjetivas propias del social-histórico donde se realice el recorte de análisis.
Entendemos la violencia como el acto que se desarrolla basado en el abuso del desequilibrio de poder y que se juega en el cuerpo del otro, produciendo algún tipo de «daño».
La violencia, entendida como la cristalización de relaciones de fuerza que se juegan en la preponderancia de una parte y el sometimiento de la otra, puede ser visualizada en cualquier momento de la historia de la humanidad. Los primeros procesos de organizaciones sociales nómadas fundó, con sus cimientos, la lucha por el territorio y los bienes producidos. Estas luchas por la supervivencia inauguran lo que hoy llamamos «violencia social». Una forma de relacionamiento social que se sostiene en la acumulación de poder y la conquista de territorios y bienes.
El surgimiento de las nuevas formas de producción económica, la sociedad industrial, marca un nuevo rumbo en las formas de organización social, donde el acto violento se inscribe. En primer lugar, con el «Contrato Social», la ilusión del hombre libre y de la igualdad y justicia abre nuevas dimensiones desde lo jurídico, lo religioso, la medicina y fundamentalmente los Estados, en relación a los derechos de los individuos.
La condición de prolongada en el tiempo y en forma sistemática, sumada a la producción de algún tipo de daño, distingue la violencia familiar como un campo de análisis e intervención de lo que podría ser las formas de relacionamiento donde la violencia irrumpe circunstancialmente, conformando el universo de formas vinculares propias de cualquier forma de relacionamiento social.
Creamos una idea de desequilibrio de poder, que se vincula directamente con los factores de vulnerabilidad. Sin embargo, la especificidad de la familia introduce la problemática de la relación filial siendo la figura parental, un factor de vulnerabilidad importante en los niños, niñas y adolescentes. La dependencia afectiva (miedo a la pérdida del amor, necesidad de satisfacción de necesidades primarias, miedo al abandono o pérdida de alguno de los padres, entre otros), la dependencia económica y la dependencia jurídica son elementos que potencian el desequilibrio de poder antes mencionado.
Las posibilidades de adaptación activa a la realidad, donde se transforma el sujeto y transforma el mundo en ese vínculo, por las formas en que el sujeto ha realizado el fortalecimiento de los vínculos en el seno de la familia, crea una tendencia de adaptación social. Al hablar de violencia familiar lo hacemos como un problema complejo, producido por el social histórico y tomando forma en una dinámica reducida al ámbito privado.
La complejidad de la problemática nos obliga a trabajar sobre los niveles de vulnerabilidad que hacen que son las mujeres primero, y los niños luego, los que figuran como «víctimas» en la mayoría de los estudios realizados a nivel regional, nacional e internacional. Son los sistemas de códigos, normas y leyes sociales los que pautan los factores de vulnerabilidad dentro del ámbito familiar. La adultez, el ser hombre, el poseer mayor ingreso económico, la fuerza física, entre otros, son elementos socialmente compartidos que facilitan el desequilibrio de poder en el ámbito privado de la familia.
La mujer ha sufrido transformaciones también respecto a su rol social respecto de la función pre-marianista. La función materna adquiere prioridad ya que es la encargada de la crianza del niño y su educación. Asimismo es quien organiza el ámbito doméstico. El surgimiento de la burguesía y el proletariado ha conducido a un nuevo rol para la mujer en el ámbito público; el trabajo asalariado. Para el hombre se transforma también su rol. El hombre proletario ya no tiene bienes ni pertenencias que controlar. El hombre proletario ya no tiene bienes que heredar ni proteger. Su salario lo iguala a la mujer asalariada. Las tareas laborales también. El ingreso de la mujer al mercado educativo y la laboral le anexa funciones a las que ya se le habían adjudicado socialmente. El rol de madre protectora, organizadora del ámbito doméstico y laboral confluye en una sobrecarga que desborda en el ámbito público, a través de la lucha por sus derechos desde las organizaciones de mujeres.
El modelo de familia patriarcal, en las sociedades occidentales, se produce y reproduce, asentado fundamentalmente en la burguesía. La transformación se relaciona con la extensión y con el lugar de fuerza. Ya no es el señor feudal, ese lugar es para el padre que vive con su mujer y descendencia. La familia se transforma en nuclear y su tarea en la crianza y educación de la descendencia. Los juegos de fuerza, que han formado parte del desarrollo de las organizaciones sociales, cristalizan en el seno de las familias reproduciendo el abuso de poder. Abuso de poder que se asienta en estos niveles de asimetría pautados socialmente.





























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