Maurice, un gallo de la isla de Oleron, en el suroeste francés, ha sido sentado en el banquillo de los acusados por cantar demasiado temprano y molestar con sus cacareos a unos vecinos de su granja. La audiencia prevista para la semana pasada en un tribunal de Rochefort, ha sido aplazada hasta el 4 de julio para intentar una conciliación entre los demandantes, una pareja de jubilados, y la dueña del ave, Corine Fesseau. Los litigantes llevan 35 años peleando porque el veterano Maurice cumple con su obligación animal: cantar antes del alba obedeciendo a su reloj interno que, como a sus congéneres, le alerta de la hora del amanecer, incluso en los cambios de estación.
Los demandantes son dos jubilados que viven en un entorno urbano y que solo van ocasionalmente a su residencia en la isla, especialmente en el periodo vacacional. «Vienen solo dos veces al año a la isla», ha dicho Fesseau sobre sus vecinos demandantes a la cadena de televisión France 3. El caso, aunque anecdótico, ilustra a la vez los temores de que desaparezca el mundo rural en Francia, debido al declive de la actividad agrícola y ganadera y al éxodo de los jóvenes hacia la ciudad. El caso ha llevado al alcalde de la localidad de Gajac, un granjero jubilado, a publicar una enardecida carta para defender el «derecho» de las campanas de las iglesias a repicar, de las vacas a mugir y de los burros a rebuznar.
La dueña del gallo, por su lado, ha mostrado su disposición al diálogo. pero acusa a los demandantes de no haber intentado ningún tipo de acuerdo. Su abogado, Julien Papineau, había asegurado antes de la audiencia «no fue posible ninguna conciliación».




























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