Los hijos de nadie

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Escribe: José Martínez

 

La violencia, las condiciones de pobreza en que viven, los malos tratos, la búsqueda de afecto y el abuso que sufren, llevan a los niños a abandonar sus hogares y llegar a las calles.

La mayoría cree amar a los niños. El cómo no hacerlo es una hipótesis que nadie consideró posible.

Sin embargo existen argumentos más que delatores de cuánto somos capaces de odiarlos, al punto de echarlos a la calle. El desamor hacia los niños se traduce de varias maneras.

Desde como una desalmada madre arroja a su bebé recién nacido a la basura, pasando por la corriente de crueldad de padres biológicos que niegan la prestación alimentaria, o autoridades y empresarios que hurtan el dinero de la merienda escolar, o el recurso destinado a la compra de una computadora.  Al extremo del sadismo con el que un ex mandatario clérigo amparado por sus ministras de la mujer y la niñez, negó ser el padre de varios niños, sobreviviendo en el abandono.

Según los informes de Unicef existen 100 millones de niñas y niños abandonados en todo el mundo, de los cuales 40 millones pertenecen a América Latina, con edades que oscilan entre los 8 y 14 años. Son condenados a sobrevivir en la calle, el único “hogar” que tienen disponible. 

Los que aseguramos amar a los niños nos enfrentamos a una inquietante realidad. El gobierno y la indolente sociedad, sin argumentos a favor, deberían hacerse cargo de las irrefutables acusaciones. El uno por comisión y la otra por omisión e hipocresía.

El amor a los infantes es el adorno natural de todo humano. Aún el más desalmado tiende a la protección de aquellos semejantes pequeños y los que así no lo hicieren son execrables para la sociedad.

Es precisamente aquí donde la sociedad se torna hipócrita. Lo que ella condena en el individuo, se disculpa a sí misma.

Los pequeños arrojados a su suerte, eufemísticamente niños de la calle, constituyen un pecado inapelable. Curiosamente, sólo atribuible a la especie humana.

El implacable frío del abandono, esculpirá el inhumano rostro de estos inocentes, atrapados por desalmados celebrantes de orgiásticos ritos de vicio y malos ejemplos.

La frágil desnudez del cuerpo y el alma de los pupilos de la escuela de la calle. Será la pizarra dramática donde escribirán la historia de sus vidas estos depreciados hijos de nadie.

¿Dónde están los padres de los niños abandonados en la vía pública? Puede que no existan o que sean unos desalmados. Hasta se podría entender por aquello de obscuro que pudiera albergar una persona al margen de las virtudes cultivadas por otras.

 

Puede entonces que un padre sea irreductiblemente malo y ruin. Pero lo que resulta verdaderamente abominable y desesperanzador, es que exista una sociedad capaz de reproducir la misma conducta.

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