El papa Francisco dejó suelo guaraní el domingo 12 de julio y el lunes 13 ya regresamos a nuestra realidad cotidiana, donde aquellos mensajes tan claros y profundos del santo padre, apenas pasarán a convertirse en anécdotas o lindos recuerdos.
Como nuestros políticos y autoridades tienen la memoria flaca, y más aun cuando son críticas y de cuestionamientos al Gobierno de turno, es casi seguro que los pedidos de Jorge Bergoglio sólo irán a parar en los archivos.
El sumo pontífice cuestionó la corrupción y la inequidad social, además de fustigar la violencia y el narcotráfico, éste último muy vigente en varias naciones sudamericanas, y del que el Paraguay no está exento. Instó a la sociedad y al Gobierno a luchar juntos para erradicar estos males.
Sabemos que la unión hace la fuerza, pero en este caso la mayor responsabilidad para luchar contra estos flagelos tiene el Gobierno o las autoridades de turno, quienes deben demostrar una enorme voluntad política para acabar con esta desgracia, que tantos daños acarrean a cualquier nación.
El papa Francisco, en cada discurso que realizó, pidió al pueblo paraguayo y en especial a sus autoridades, ablandar y abrir el corazón para la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Recordó que Paraguay tuvo que afrontar momentos muy duros desde su mismo nacimiento como nación independiente y hasta tiempos recientes.
En ese sentido, tocó la llaga al fustigar y al pedir que nunca más existan guerras, como la Triple Alianza, que casi exterminó a la población paraguaya, al tiempo de destacar en ese sentido la valiente incursión de la mujer paraguaya, que en momentos difíciles se puso a los hombros la nación guaraní, que quedó diezmada tras una guerra inútil.
Indudablemente la presencia del papa Francisco, a pesar de la acostumbrada indiferencia de las autoridades, dejará una profunda reflexión en la población paraguaya, que ha sentido esa ansiada necesidad del santo padre, en momentos en que el país atraviesa por una terrible necesidad socio-económica.
Nunca hay perder toda la esperanza. Recostada en esta expresión, se aguarda que el Gobierno, toda la clase política y social, pueda recoger los frutos de la semilla sembrada por el sumo pontífice en los tres días que estuvo por Paraguay. Ojalá que los gobernantes ablanden sus corazones, como pidió el papa, y puedan hacer algo por los más carenciados.
Al respeto, Francisco pidió respetar al pobre, y no usarlo para lavar las culpas. En un claro mensaje al Gobierno, que debe anteponer la patria sobre los intereses personales. “Es la patria primero, después el negocio”.
Aclaró no confundir diálogo con negocio, porque “negociar, es sacar la propia tajada”. Esto es muy presente en nuestra política actual, donde los gobiernos se sientan a negociar en pos de sus propios intereses, dejando atrás al pueblo, sector hacia donde deberían ir los resultados obtenidos. Pero aquí eso no ocurre, al contrario, la brecha entre el rico y el pobre es cada vez más distante y la inequidad social se torna muy visible.
Se aguarda con expectativa que el mensaje del papa Francisco no quede en el folklórico opa reí y que verdaderamente sirva como cimiento para la reconstrucción de un nuevo Paraguay, de un Paraguay más justo y solidario.




























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