
Escribe: Luis Alen.
Son conocidos los pactos de impunidad entre los políticos y mandamases de turno para no someter sus acciones al ojo investigador de la fiscalía y la Justicia. Y las consecuencias están a la vista: un país que muy lentamente va bajando los altos índices de pobreza de hasta 40 por ciento en que se encontraba la barrera entre los pobres y la clase media, hace un par de años, según el indicador de progreso social del Banco Mundial.
Está demostrado por varios estudios, y la realidad lo confirma, que tanto la extrema pobreza como la pobreza en general están relacionadas con los elevados índices de corrupción que presenta el Paraguay.
Haciendo un paralelismo entre los indicadores de pobreza del Banco Mundial con los de la ONG Transparencia Internacional –que mide el grado de corrupción que impera especialmente en el sector público- se puede deducir claramente que la pobreza en nuestro país tiene sus raíces en el mal funcionamiento de las instituciones, comenzando con un ejercicio del poder que pone como prioridad el rápido enriquecimiento de los funcionarios y en muy relegado lugar la adopción de políticas que favorezcan a la mayoría de la población.
El Nuevo Rumbo y la pobreza
Una de las prioridades del Nuevo Rumbo que propone el presidente Horacio Cartes es la reducción de la pobreza, por lo menos era la propuesta en la campaña electoral. Pero en el ejercicio del Gobierno se está apreciando que HC sigue atenazado por los fantasmas del pasado, ya que poco ha luchado en realidad contra la corrupción, a la vista de las acciones destinadas a poner a funcionar las instituciones encargadas de hacerlo como la Contraloría y la Fiscalía.
Como un atenuante para Cartes se puede presentar el destape de ollas podridas en varias instituciones del Estado, como los últimos casos de desvíos de fondos destinados a los combustibles en la Policía y en el Senepa del Ministerio de Salud, pero la lucha verdadera contra la impunidad todavía no registra avances significativos.
Es que el presidente de la República tiene una visión concentrada sólo en su condición de empresario, ya que con orgullo suele decir que él “no roba ni necesita robar” como anteriores mandatarios. De allí que piense sólo en que se realicen las inversiones públicas y privadas para la creación de fuentes de trabajo con miras a superar la pobreza.
Carece por lo tanto de la conciencia acerca del verdadero motivo subyacente de la pobreza, que es la corrupción, tributaria a su vez de un manejo del poder que otorga impunidad a los corruptos con tal de que se afirme la hegemonía del mandamás de turno.
Es por ello que HC tropieza con algunos reveses que lo retratan de cuerpo entero, como una personalidad obcecada que sólo admite aquellos comentarios que se encuentran acordes con su pensamiento, y que no deja espacios para que su entorno lo asesore más adecuadamente sobre lo que va a decir.
Es lo que le ocurrió en España, nada menos que en un foro sobre inversión en Paraguay realizado en el prestigioso diario español El País. En ocasión de su conferencia, se le escapó una desafortunada expresión sobre que “el Paraguay exporta pobreza”, queriendo llamar la atención de los inversionistas respecto a la necesidad que tiene el país de generar riqueza interna para retener a sus habitantes y no propiciar más la salida de sus recursos humanos al exterior en busca de mejores horizontes económicos.
Pero como nadie sale del país a buscar trabajo por mero placer sino por una necesidad acuciante, la respuesta de los miembros de la diáspora paraguaya no se hizo esperar, descalificando totalmente la infeliz expresión presidencial.
Pero aún, si es que por pobreza entendió el presidente la calidad de los recursos humanos, también falló con los compatriotas en el exterior, ya que muchos de éstos en realidad son excelentes profesionales en distintas ramas en las que les toca trabajar.
Así también se puede conocer lo que entiende el presidente por corrupción institucional, al defender a capa y espada al contralor general de la República, como parte de un esquema de impunidad que habría sido pactado con los liberales y oviedistas en ocasión de la campaña electoral de 2013, en un paso previo para que Horacio Cartes se alzara con el triunfo en los comicios de aquel año.
No importan las graves acusaciones que pesan sobre el contralor oviedista, como el carnaval de sueldos a personas sin mérito alguno en su institución, o, más alevoso aún, la falta de adecuado control sobre los entes públicos, pues donde se escarba un poco se hallan barriles sin fondos de fugas de recursos públicos que bien podrían haber sido utilizados para los fines sociales tan necesarios con miras a bajar los índices de pobreza.
Es el mismo contralor, Oscar Velázquez, que no ha movido un dedo para auditar la administración del Clan Zacarías en Ciudad del Este, pese a las múltiples evidencias de irregularidades y las denuncias del Frente Ciudadano de la capital del Alto Paraná.
En estas condiciones, tanto el índice pobreza como el indicador del grado de corrupción, no podrán bajar rápidamente, y el Gobierno seguirá aplazado en los dos temas, en la medida en que el presidente Cartes pase por alto que la lucha contra la impunidad de los corruptos pasa también por un ejercicio del poder que no dé lugar a componendas con los personajes indeseables de nuestra política.
Por tanto, no sólo basta con “no robar”, como dice que actúa el jefe de Estado, sino que la cosa también pasa por “no permitir robar a los demás” ni mantener esquemas de poder que dejan impunes a aquellos funcionarios o las personas que son funcionales al plan hegemónico articulado por el cartismo.
Una clara muestra de cómo el Paraguay es fabricante de multimillonarios, cuya riqueza se habría originado en gran medida en los vericuetos de la corrupción, es la estadística de que en solo un año –entre 2013 y 2014- los poseedores de fortunas superiores a US$ 30 millones pasaron de 150 a 165, llegando a un total acumulado de activos de cerca de US$ 5.000 millones, equivalente al 20 por ciento del Producto Interno Bruto del Paraguay. Lo acaba de señalar una consultora internacional, la Wealth X, con patrocinio del banco suizo UBS.





























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