El 2015 es nuevamente un año eminentemente electoral, donde se propalan promesas de las más inverosímiles por parte de los políticos. Es la época de las proposiciones que cautivan a la ciudadanía, pero que al final terminan siendo una gran frustración.
Esta realidad se ha tornado una moneda corriente en la política paraguaya, donde los candidatos a los diferentes cargos electivos utilizan como principal bandera de convencimiento, las promesas estériles, que luego acaban transformándose en una mera mentira.
Y los políticos atacan el sector más débil de la población, el más vulnerable, que es una mayoría en el país. La práctica clientelista en esta nación sudamericana cada vez sigue más vigente que nunca, es una realidad insoslayable, dando al país el calificativo de “nación tercermundista”, y que llevará aun mucho tiempo para abandonar dicha franja.
No obstante, este sistema nefasto tiene que ser erradicado, y que lógicamente sólo se logrará con una mayor madurez cívica de la ciudadanía, que, felizmente, en los últimos años ha observado un interesante despertar en ese aspecto.
El Estado, claro, deberá hacer su parte para tratar de eliminar el sistema prebendario de hacer política. Una de las primeras medidas que debe ser tomada es la modificación de varios artículos del código electoral, que está un tanto desfasado. En Paraguay, por ejemplo, es común que se arree a los electores para que vayan a depositar sus votos.
En los países donde la democracia ya está plenamente consolidada, el ejercicio del deber cívico, aparte de ser un derecho, es un compromiso y una obligación que tiene la ciudadanía. No necesita ser presionada y mucho menos chantajeada para concurrir a un colegio electoral para votar.
Aquí en Paraguay, por el contrario, así como en otras naciones subdesarrolladas, un alto porcentaje de los electores sigue depositando su voto al mejor postor, donde lo que impera es la dádiva, traducido en el vil metal.
Esta capital fronteriza de la República no escapa a este método nefasto, donde un vasto sector de los políticos continúa en el cargo gracias a su poder económico. A pesar de que nada se concreta de lo prometido, la población esteña sigue cayendo en las garras de los mentirosos. Hoy, fruto de esa práctica anodina una familia maneja la comuna paranaense desde hace 14 años.
Y pareciera que una franja mayoritaria de la ciudadanía no se inmuta con esta triste realidad, porque en cada elección municipal sigue eligiendo a los más mentirosos, como en este caso del clan Zacarías, que se ha empotrado en el poder desde el 2001. Hoy, sus integrantes, se han vuelto inamovibles y apuntan a presidir el segundo municipio más importante del país hasta el 2020.
Es hora que el pueblo exija sus derechos a las autoridades constituidas y no se deje engañar más por los políticos mentirosos, acostumbrados a cimentar su plataforma electoral en base a promesas incumplidas.
El ciudadano elector ya no debe dejar someterse más al chantaje y la extorsión de aquellos políticos deshonestos, porque ahí en el cuarto oscuro, sólo él y su conciencia serán testigos de la decisión que tome. Llegó el momento de poner fin a esta macabra práctica, que se institucionalizó en esta nación guaraní. Si queremos cambiar, consolidar la democracia, el país debe, definitivamente, renunciar al “pokaré”.





























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