Como estaba previsto, apenas una semana y media después de haberse instalado el nuevo gobierno, el presidente Horacio Cartes ya empezó a recibir presiones de sus propios correligionarios, y más concretamente, de los tradicionales seccionaleros, que siempre gozaron de “privilegios” en las anteriores administraciones de la ANR.
Hoy varios dirigentes republicanos, que acompañaron al candidato de la Lista 1, encontraron que aquella práctica nefasta de convertir las instituciones públicas en un botín de guerra, aparentemente, ha llegado a su fin, con el “nuevo rumbo” que Cartes prometió a la ciudadanía paraguaya durante su campaña proselitista.
Con ese slogan, lo que dio a entender el jefe de Estado es que en su gobierno estarán los mejores hombres y mujeres, para buscar obtener el anhelado desarrollo socio-económico que por décadas se comprometieron hacerlo, pero nunca cumplieron. Hoy se yergue un nuevo escenario en el horizonte, y que solamente unidos se podrá lograr, como lo viene repitiendo en todos sus discursos el presidente Cartes.
Sin embargo, un sector importante de la dirigencia colorada exige al mandatario espacios de poder, “porque nos corresponde por haber respaldado su candidatura”, afirman los republicanos acostumbrados a la vieja lisonja, quienes desean que todo siga igual, desangrando al Estado, y que la pobreza, principal desafío de este gobierno, continúe creciendo de manera superlativa, inclusive empeorando los niveles actuales.
Pero no todos los colorados entienden así. Al menos, el principal entorno de Cartes ve con buenos ojos la nueva política de austeridad que desea imponer el gobierno, tomando en cuenta que el desafío de impulsar el “nuevo rumbo”, requiere de poner en práctica una serie de planes estratégicos, que conduzca al soñado despegue del Paraguay, tanto tiempo postergado, a causa de gobiernos y gobernantes antipatriotas.
La actitud del presidente sorprendió a propios y extraños. Muchos pensaban que las promesas electorales de Cartes quedarían apenas en la retórica, como nos tiene acostumbrado la clase política en esta nación guaraní. En cambio, a sólo a tres semanas de mandato, ya se observan las buenas intenciones del gobierno, que quiere realizar los deberes así como se planificó desde un principio. La cultura prebendaria ha calado muy hondamente en la población, porque su práctica data desde el gobierno del dictador Alfredo Stroessner. Y Cartes lo que busca es acabar con los mitos políticos, que tanto daño ya ha causado al Paraguay, impidiendo su sostenido desarrollo.
Cartes no tiene que dejar sobrellevarse por las presiones exógenas, porque de lo contrario se caerá de nuevo en el antiguo vicio, donde el Estado paraguayo será repartido como torta de cumpleaños, de la que se continuarán sirviendo los eternos manguruyeses de turno. Llegó la hora de dar el giro de 180 grados en este país, tantos años postergado y olvidado. El gobierno no debe someterse a los seccionaleros. Al contrario, tiene que acabar con las prebendas, premiando a los mejores en los cargos públicos, sin distinción de nada. Es el momento de comenzar a transitar en el Paraguay diferente.





























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