Soberanía y libertad

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La soberanía de un pueblo es  moneda de dos caras, la primera se define cuando el poder político que gobierna el país representa la verdadera voluntad del pueblo, la segunda, cuando el mismo reconoce su valía como idéntico al de todos los Estados del mundo, motivo por el cual no tolera ninguna injerencia, ni mucho menos imposición que viole este principio de igualdad.
Mantener la soberanía de la república es una tarea interna y externa, casi siempre, la fragilidad de una afecta a  la segunda.
La grave situación del Estado paraguayo en manos de sucesivos gobiernos ladrones, expone índices negativos que nos llevan a corroborar que está muy alejado de ser  propietario de la soberanía interna, y ésta fragilidad impone, como por fatal añadidura, la pérdida de nuestra soberanía en el contexto internacional.
El desenlace que está teniendo el agravio perpetrado por los integrantes del Mercosur en contra del Estado paraguayo, no habilita otra línea de análisis o pensamiento.
La  falta de transparencia y los abusos de gobiernos corruptos, dejó anémico el vigor de las instituciones de la República, las que desposeídas de autoridad moral, se ven imposibilitadas para actuar jurídicamente en defensa de la soberanía internacional.
En estos casos, la estrategia diplomática elige de entre las calamidades,  el mal menor y este es el cauce que va siguiendo el curso de los hechos, entre otras cosas se nos impone en el caso de la inserción de Venezuela al Mercosur, como un hecho consumado, seguido de nuestro discreto retorno al redil, como si aquí no hubiera pasado nada.
Los sapos que en nombre de la supervivencia se está tragando el Paraguay, no deberían ser en el futuro nuestra única alternativa. Ello será posible, únicamente, si fortalecemos desde hoy mismo nuestra  maltrecha soberanía interna.
Entre tantas cosas, para lograr el propósito, se impone sacar a Paraguay, del segundo lugar que vergonzosamente ocupa en la lista  de los  países más corruptos del mundo, urge borrar el nombre de nuestra capital Asunción, de la nómina en la que hoy luce como la ciudad más desigual de América Latina, también es impostergable devolver a los indígenas sus territorios ancestrales e ir rápidamente reduciendo la angurria y el despilfarro del aparato administrador, respetar las leyes, legislar con justicia social, implantar el imperio de la razón en la distribución de la tierra y en la socialización de las ganancias que produce la explotación de nuestros recursos naturales.
La lista es extensa, como ilimitada las razones por las que los paraguayos sufren la angustia de ser parte de un Estado esquilmado y violado por sus propios gobiernos, a lo largo del tiempo.
El actual estado de las cosas ya no cuenta con el respaldo colectivo, cada vez son más los contralores ciudadanos que señalan con el dedo acusador a los responsables de tantas desgracias para más del 50% de la población  atrapada en  la pobreza.
Ellos, junto a los indignados, van construyendo los cimientos del Estado Soberano,  aquellos países consagrados a construirlo día a día, fieles a los principios y valores  que tornan poderoso al Estado, y feliz al pueblo.

Escribe: José Martínez

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