Escribe: Luis Alen.
La pandemia habría salvado a Marito Abdo de la amenaza de un juicio político para desplazarlo del poder después de julio, cuando un cartista podría asumir la presidencia del Senado, pero el virus de la corrupción está por llevar al Estado a un callejón sin salida en el delicado tema del control sobre los fondos destinados a financiar el tiempo incierto de la recuperación económica.
El ministro de Hacienda, Benigno López, ya adelantó que se requiere de un financiamiento adicional de por lo menos US$ 500 millones para continuar con los planes de contingencia para enfrentar la emergencia generada por la crisis sanitaria y el parón económico, ante la posible pronta terminación del margen de US$ 1.600 millones ya aprobado por el Congreso.
Pero la cartera fiscal se halla con los números rojos aumentados por el lado de la reducción de hasta 50 por ciento en las recaudaciones tributarias, como ya se comprobó en Aduanas durante el mes de abril. De allí que sólo el déficit recaudador absorbería gran parte del requerimiento financiero adicional, no habiendo ya recursos suficientes para las inversiones, dado el gran peso del gasto rígido corriente representado por los salarios del funcionariado.
Mientras tardan en llegar las medidas de racionalización en el gasto público, como se comprueba por los interminables debates de la comisión parlamentaria presidida por el vicepresidente Hugo Velázquez, el presidente de la República no tuvo otro remedio que tomar al toro por las astas y nombrar a Arnaldo Giuzzio, el jefe de la Secretaría Antidrogas, como el nuevo “sheriff” encargado de poner en vereda las corruptas compras estatales, donde podría estar la clave para controlar cada dólar destinado a Salud y los demás planes orientados a la recuperación económica pospandémica.
Recuperar la honestidad
El lado “bueno” de la pandemia, por decirlo de alguna manera, ha sido el hacer saltar por los aires al virus de la corrupción, que por décadas ha venido succionando los recursos estatales que en un contexto diferente de honestidad podrían haber sido destinados hace tiempo a fortalecer la misma infraestructura sanitaria, que ahora ha quedado en evidencia como muy endeble para enfrentar el desafío del coronavirus.
Aunque este virus de la corrupción y la impunidad posee más “carga viral” que el propio coronavirus. Como si todo siguiera igual pese a las denuncias de la baja calidad de los materiales, las compras de equipos sanitarios para enfrentar la pandemia efectuadas en China continuaron llegando al país a pesar de las irregularidades detectadas, con lo cual se confirma que con sólo la suma adelantada ya se habría pagado en su totalidad a los proveedores asiáticos, quedando el sobrante a cobrar después al Estado como utilidad de los importadores “de maletín”, incluso después de restar las coimas para los políticos protectores del operativo.
Aparece al descubierto así la inmoralidad de los procesos corruptos de las adquisiciones del Estado, más aún en medio de los sacrificios sometidos a la población con el parón económico, pero de ahora en más queda por ver no sólo la fórmula que finalmente se tendrá para recortar el excesivo gasto estatal, sino también el origen de los recursos necesarios para relanzar la economía, ahora que ya se anuncia la no contratación de más créditos externos e internos, fuera de lo ya autorizado.
La creciente oposición en el mismo Gobierno al “proyecto Godoy” de reducción del gasto superfluo, en alusión al plan del senador cartista Sergio Godoy, habla a las claras que en la cúpula del poder se habría llegado a una fórmula transaccional, o “columna del medio”, como ha sido en varios aspectos el estilo de relacionamiento entre el abdismo y el cartismo.
Ya se vio que Marito no se animó a mover mucho sus piezas en el ajedrez político, para atacar de una vez por todas con un contundente jaque mate a Horacio Cartes, como podría haber actuado con el juicio político frustrado a la fiscala general cartista Sandra Quiñónez, dada la parcialidad manifiesta de ésta en favor de HC, que le saca totalmente autoridad para encarar a los corruptos de la administración pública y a los exponentes del sector privado comprometidos con los funcionarios deshonestos.
Tampoco existe mucho margen por el lado de la recaudación tributaria adicional, ante la negativa de los propios senadores abdistas a aprobar el establecimiento de un impuesto mayor al tabaco destinado al tráfico liderado también por Horacio, con lo cual Marito le priva a su hermano Benigno, el ministro de Hacienda, de una buena oportunidad de sacarle plata tanto a HC como a otros empresarios adinerados que deberían aportar más con miras a sacar al país del pantano económico.
Así las cosas, y pisoteando su actual negativa a recurrir a otra emisión de bonos en el exterior, el equipo económico de Marito tendrá que recurrir más temprano que tarde a lo más fácil: contratar más préstamos en el exterior y volver a cargar sobre varias generaciones de paraguayos el costo del financiamiento del plan pospandemia, ante la imposibilidad de recortar el gasto superfluo y por la falta del aumento de impuestos, tanto para el tabaco y la soja, las bebidas y la imposición proyectada al patrimonio de los ricos, que fueron rechazados en el Senado.
Todo apunta a que mientras se le sigue exigiendo a la población tremendos sacrificios de toda clase para superar la pandemia con mayor pobreza, se desata una sórdida pugna política para controlar el financiamiento de la crisis, en la que el cartismo asoma como el que tiene la sartén por el mango, desde el momento que cuenta con sus hombres y mujeres claves en los puestos de decisión donde el abdismo aparece como mero furgón de cola.
La idea relegada de sacar más recursos impositivos de quienes tienen más y poniendo la mayor parte de la carga tributaria sobre las espaldas del pueblo, tendrá que ser revertida con el fin de permitir la plena recuperación de la catástrofe económica provocada por la pandemia, dado que es el único expediente válido.
De lo contrario se estaría reafirmando lo expresado por un historiador del mundo antiguo, que ya había documentado como una costumbre humana ancestral aquello de que “las exenciones tributarias para los ricos son de los trucos más antiguos que ha inventado la clase gobernante”.





























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