
Escribe: Luis Alen.
Los efectos de la pandemia global del coronavirus se presentan desde ya devastadores para la economía del Paraguay y de todo el mundo, sin excepciones.
Esta situación que no cuenta con precedentes obliga a los gobiernos a tomar decisiones contundentes que traspasan todos los límites anteriores de normalidad, debido a una emergencia sanitaria que tiene que ser atendida como prioridad absoluta.
Pero además de la atención a la salud de la población, aparecen los primeros síntomas de una enfermedad social producidos como efecto colateral del virus. En esencia, como se trata de una crisis planetaria, se requiere de una respuesta global de los dirigentes mundiales, que, como era de suponer, no se encuentran preparados para responder al reto, porque la misma dirigencia política y sus estructuras no están a la altura de un desafío tan abrumador.
Comenzando por el presidente de Estados Unidos, la primera potencia mundial, un errático Donald J. Trump quiso aplicar su manual de siempre de simplificar al máximo la embestida planetaria del “virus chino”, como lo llegó a calificar su secretario de Estado, sin calibrar en su justa medida la gravedad del desafío a la vida de millones de personas en todo el planeta.
Finalmente, no le quedó otra opción, como los demás líderes de los países más afectados, entre ellos Italia y España en Europa, de tomar medidas restrictivas a la circulación de personas y el vuelco de ingentes recursos para enfrentar la epidemia, a la vista de la notoria falta de una infraestructura hospitalaria capaz de hacer frente a la explosión de casos respiratorios agudos, que ponía en jaque la otrora orgullosa capacidad de primer mundo de la sanidad de los países más ricos.
La caída de las bolsas
Pero eso no fue todo, ya que Trump y los demás líderes mundiales, además de sus ministros de economía y presidentes de bancos centrales, debieron tomar las medidas para revertir la fuerte caída de las cotizaciones de valores en las bolsas de todo el mundo por efecto del inédito impacto económico del coronavirus, como no se había visto desde la Gran Recesión de 1929, según algunos analistas.
Es que la caída de los indicadores de actividad y producción resultará inevitable con el parón económico provocado por la emergencia sanitaria en todo el mundo. Y los inversores ya están previendo un verdadero cataclismo en las finanzas de los países y de las personas, por lo que habría que realizar dos obligatorias reflexiones en torno al futuro de la economía mundial.
Por definición, a la crisis global se le debe enfrentar con una coordinación global. Desafortunadamente para nosotros que estamos en la periferia, lo primero que se notó fue que, como una especie de instinto de supervivencia, miles de millones de dólares volvieron de los países emergentes a los desarrollados, dejando a los gobiernos de naciones en desarrollo en una difícil brecha en medio de una recesión que se viene y donde no será posible encarar los planes destinados a fomentar el crecimiento y la erradicación de la pobreza. Esto, a menos que los países ricos dejen de lado sus políticas de concentración de la riqueza a nivel global y emitan señales a los inversores para un reordenamiento de la economía mundial, con la vuelta a la matriz primigenia del desarrollismo.
No hay que olvidar que la crisis del coronavirus echó más leña al fuego de un proceso ya de por sí nefasto para la economía global, provocado por la guerra comercial entre Estados Unidos y China, además de los coletazos adversos del Brexit, así como por los nuevos aires proteccionistas que renegaban de los postulados del libre comercio, al conjuro del impredecible “cow-boy” Donald Trump y del repliegue anti-integración europea de los ingleses liderados por otro “trumpista galopante”, el primer ministro Boris Johnson.
Aquí entra a tallar la necesidad de replantear el rumbo económico mundial, rescatando los pilares del multilateralismo y el desarrollismo, que fueron los fundamentos de la arremetida de un capitalismo “más humano” ensayado después de las grandes crisis de la Depresión de los años 30 del siglo pasado y de la Segunda Guerra Mundial de los años 40.
Ya no se concibe un mundo donde los países vuelven a cerrarse sobre sí mismos, obligados ahora por la pandemia, pero una vez superada la crisis sanitaria global tendrían que adoptarse las medidas indicadas para que las políticas de desarrollo sean retomadas en todas las naciones del globo, a partir de la vigencia de un comercio sin trabas, pero con la coincidente aplicación de los correctivos sociales para una justa distribución de la riqueza, con el menor impacto posible sobre el medio ambiente y la biodiversidad planetaria.
A nivel de nuestro país, el Gobierno deberá tomar medidas draconianas cortando los gastos superfluos de la burocracia, sin importar las consecuencias políticas en un año electoral, con el fin de inyectar fondos para los sectores productivos y las empresas, dada la prioridad de salvar miles de empleos en el sector privado.
También tendrá que establecer moratorias impositivas con el fisco y de deudas con el sistema financiero, incluyendo la recalendarización de los vencimientos en la agricultura, la ganadería y la industria. No se descarta que el Banco Central del Paraguay realice adelantos de corto plazo a Hacienda, con el objetivo de inyectar liquidez urgente en la economía y el cumplimiento de las obligaciones del Estado con los proveedores, de tal manera a no cortar la cadena de producción y distribución, que resulta muy vital en toda economía.
Finalmente, se debe tener presente que esta “economía de guerra”, con el objetivo de evitar un eventual pánico por la fuerte recesión, brinda al Gobierno también la ocasión única de tomar las medidas conducentes a una reforma integral del Estado, con lo cual se dará un paso gigantesco para sentar las bases de una economía mucho más preparada para enfrentar los retos de un mundo globalizado, donde se impondrá el predominio de la tecnología de la información y la automatización.
El país cuenta con ventajas comparativas evidentes, partiendo de su desarrollo primario vigoroso y la posibilidad de tener energía abundante para la industrialización destinada a surtir al mundo de aquellos insumos vitales para encarar un crecimiento sostenible en el tiempo, respetando la ecología y revirtiendo el cambio climático con la generación de electricidad a partir de fuentes renovables.





























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