
Escribe: José Martínez
En cada emisión del programa Pequeños Gigantes Paraguay, el talento artístico de nuestros niños nos divierte, nos emociona y nos deslumbra. Este formato televisivo reproduce en nuestro contexto todo el maravilloso encanto de nuestros infantes, en la modalidad de canto, baile y actuación.
La fuerza de la TV nos revela por primera vez, el caudal del prodigio artístico de niños paraguayos sin un ápice de desventaja por sobre sus pares de otras partes del mundo, donde también el arte interpretado por niños se posiciona en el centro del interés de las productoras artísticas y las estaciones de TV, logrando con ello un sorprendente encendido de televisores con el que a más de crear estrellas infantiles se alzan con cuantiosas ganancias económicas.
Hasta aquí todo bien, podríamos hasta considerar bien merecido los aplausos para los empresarios artísticos que abren las puertas de las oportunidades para esta generación de precoces artistas, que encuentran en el programa un trampolín hacia la fama.
De gran y apreciable valor resulta el talento de estos niños, e igual de valioso es constatar que en la maquinaria de la televisión y la producción artística existan personas que arriesguen su capital, e inviertan en tecnología y en el pago de millonarios derechos de los formatos internacionales, que recrean localmente, con el fin de catapultar el talento de los infantes.
Nadie estaría jamás en condiciones de objetar las cuantiosas ganancias que pudieran obtener comercialmente por la explotación legal del producto.
Todo sin embargo se estropeó cuando con angustiante sorpresa nos encontramos en el microcentro de CDE con uno de estos pequeños gigantes. William, en compañía de otros niños que portaban alcancías, solicitaba dinero a la gente para financiar las llamadas telefónicas que generarían los votos de un supuesto público, para continuar en carrera dentro del programa.
El pequeño artista obligado a suplicar los aportes a los desconocidos, en muchas ocasiones era reconocido, sin embargo resultaba inapropiado ver al pequeño artista, que en las pantallas de la televisión nos proyecta la imagen de un príncipe de la canción, oficiara en la calle de improvisado mendigo, un rol por demás denigrante para su condición de niño sujeto a derechos mundialmente consagrados y rubricados en su totalidad por nuestro país.
La escena mostraba a un niño de apenas 11 años, cuyo precoz y extraordinario talento artístico no bastaba, también estaba obligado a mendigar dinero que iría a engrosar indirectamente las cuentas bancarias de los responsables del programa; esto es ilegal, injusto y denigrante, para quien dentro de su inocencia y sensibilidad no ve más que la gran oportunidad de ser aquello que necesariamente tendrá que ser, es decir, un gran artista a juzgar por lo que ya expuso el pequeño gigante dentro del programa.
Explotar a niños con fines comerciales, exponerlos al peligro que significa mendigar dinero en la vía pública, raya lo delincuencial.
Los productores y directores del programa, deberían darse por muy compensados con el talento maravilloso de estos pequeños artistas que de forma gratuita les permite recuperar con creces el esfuerzo económico de la inversión, gracias a las siderales sumas que genera la publicidad contratada en el espacio.
A sabiendas de todo lo dicho, que otra vez se les obligue a mendigar en la vía pública es maltrato infantil y la Codeni, tanto como la Secretaría de la Niñez y la Adolescencia deberían tomar carta en el asunto, considerando que este perverso mecanismo de lucro desmedido, no resulta otra cosa que un cruel atropello a los derechos del niño.





























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