Las actuales autoridades municipales convirtieron a Ciudad del Este en una isla, lejos del estado de derecho que debe ser impuesto en el Paraguay. El senador liberal, Luis Alberto Wagner, calificó la situación como en la época ancestral, donde se hacía lo que mandaba un cacique sin importar la ley o la Constitución Nacional.
Y la afirmación del legislador quedó reflejada con la arenga lanzada, días atrás, por Javier Zacarías Irún a los funcionarios municipales y a un grupo de trabajadores, cuando dijo, que “para los amigos todo y para los enemigos, la ley”. De esta manera quedó plasmada su actitud despótica y totalitaria, renegando contra el sistema democrático, que todos los buenos paraguayos desean que impere en esta República.
Hace 13 años que este distrito fronterizo está aislado del resto del país. El clan Zacarías hace y aplica sus propias reglas, de acuerdo a sus intereses. Nadie levanta la mirada, mucho menos la voz. Las instituciones responsables no toman medidas y todos bailan al compás de la música que desea oír el cacique de la tribu, Ernesto Javier Zacarías Irún.
En Ciudad del Este todo gira en torno al clan Zacarías. Este grupo familiar es el único honesto, es el único que tiene sentido de servicio social y es el único que se preocupa por el devenir del pueblo paranaense (sic). El resto de la ciudadanía sólo trata de desestabilizar la buena convivencia.
Las diarias denuncias, ya sea ante la justicia o la prensa, parecieran que no son insuficientes para que las autoridades nacionales presten interés a la grave situación por la que atraviesa esta comarca fronteriza. Irónicamente, en el exterior se está más al tanto de la galopante corrupción que rodea a la municipalidad de la capital del Alto Paraná, cuyos administradores, prácticamente ya han vaciado las arcas públicas.
Desde el interior de la institución municipal esteña se pregona la “honestidad y transparencia”. Sin embargo, el clan Zacarías, a la hora de poner en práctica esos dos valores, se opone tenazmente a que su administración sea sometida a una auditoría de gestión contable. Entonces, esa gastada arenga, no deja de ser un marketing populista, con el que se busca engatusar a la población, que hoy sale a la calle a exigir el fin de la corrupción.
La madurez cívica de la ciudadanía paraguaya pone a prueba al clan Zacarías, que, necesariamente, tarde o temprano tendrá que rendir cuentas de sus actos. El pueblo dejó de ser autómata o marioneta, como siempre se acostumbró a tenerlo Javier Zacarías Irún, desde que tomó el poder comunal hace 13 años atrás. El escenario ha cambiado y hoy ya no existe retroceso. Por tanto, el clan se encuentra en una encrucijada y ya no hay margen para seguir usando su gastado cinismo e hipocresía.
A boca llena la pareja del clan invoca, permanentemente, su cercana amistad con el presidente de la República, como si buscase impunidad en la máxima figura gubernamental. Atendiendo a la denuncia de la galopante corrupción existente en la comuna paranaense, peligrosamente los Zacarías vienen utilizando la figura del jefe de Estado, como una especie de coraza para sortear la difícil intersección en la que les están sometiendo la ciudadanía esteña. Cartes, que enfatiza la transparencia en la gestión pública, tiene que tomar las precauciones necesarias y sería un craso error político si apañase al clan, en un momento en que el pueblo exige limpieza en la municipalidad local. La capital del décimo departamento lejos de convivir en un estado de derecho, pasó a convertirse en una isla.





























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