Entre el fútbol y la política existen paralelismos que llevan a pensar sobre la filosofía que comparten, por un lado la nobleza de sus cometidos, el llamado deporte rey es una disciplina que pone en cada justa el ejercicio apasionado de las más excelsas virtudes humanas. Por su lado, la política es ni más ni menos la altruista y desinteresada gestión a favor de la patria.
Las coincidencias entre el fútbol y la política no terminan aquí, por el contrario el paralelismo de principio termina siendo un caldo que huele a corrupción, hipocresía, manipulación y burla para la multitud de seguidores aficionados o electores, víctimas de complejas maquinarias qué; invocando lo superior, producen el amargo brebaje de la decepción.
La gestión de los dirigentes en el fútbol y los líderes en la arena política han sido de forma consecutiva una constante negación de sus respectivos discursos.
Por un lado vemos que la pasión del fútbol no es más que un sentimiento mezquino, danzando en torno al dinero y por el otro costado vemos a los políticos muy concentrados en sus apetencias materiales personales, antes que jugados por el bienestar del pueblo.
En el paralelismo entre estas dos herramientas de gran presión sobre el comportamiento de la población, se pueden observar los mutuos favores que se prestan , por un lado la generosa disposición de cómodas libertades del que goza el fútbol, un presente de contenido estrictamente político, sin que por ello exista justificación argumental del porqué, siendo que los espectáculos y las transacciones deportivas mueven cifras fabulosas, la clase política se abstiene de hablar de plata con los propietarios de los clubes, quienes seguros del sano sentimiento deportivo de la gente, terminan recaudando billones, prácticamente exentos de control fiscal e impositivo.
El espectáculo público que más dinero recauda, aún por sobre los artísticos, disfruta de sus millonarias ganancias sin rendir sobre ellas y con la pretensión de hacer creer que en el deporte el dinero no cuenta, cuando que la realidad es exactamente ésa.
En el intercambio de favores, la política se beneficia con la fascinación popular del fútbol, una virtud hábilmente utilizada para distraer la atención del pueblo, llevándola constantemente a focalizar su mente en la pasión futbolera, que lo sustrae de las penurias provocadas por la negligente gestión política.
Muchos políticos están sospechados de corrupción y en el plano del futbol también encontramos decepcionantes paralelos.
El informe que emitió recientemente Hans Joachim Eckert, presidente del órgano de decisión de la comisión de ética de la FIFA, no puede ser más lapidario, entre 1992 y 1997 João Havelange, en calidad de Presidente de la entidad del fútbol mundial, recibió millonarias sumas como soborno para favorecer a empresas con derechos de transmisión televisiva. El informe incluye a su cuñado Ricardo Teixeira, quien fue presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol entre 1989 y 2012 y el paraguayo Nicolás Leoz, quien encabezaba la Conmebol desde 1986, ante este escándalo y otros de más reciente data, Leoz, semana atrás, se alejó de la FIFA y abandonó su cargo regional.
Existe la certeza de que se desviaron cantidades considerables de dinero sucio hacia Havelange, Teixeira y Leoz, sin que pueda demostrarse que se haya prestado servicio alguno, señala el informe.
El comunicado también aclara que los pagos “también se llevaron a cabo mediante empresas ficticias, con el fin de encubrir a los verdaderos destinatarios”
El fútbol y la política en paralelo están constantemente animando un encuentro, en el que hasta el momento la corrupción gana por goleada.
Escribe: José Martínez





























Facebook Comentarios