
Escribe: José Martínez
No hay razones para creer que todo lo que se discute, perjudique a la esencia misma del mensaje y la doctrina de Cristo, el fundador de la iglesia. La que va mucho más allá de ser solo un templo hecho de cemento, piedra, ladrillos y que por el contrario, desde sus cimientos se fortalece con la divinidad generosa del creador, replicada en las almas de los que son fieles y guardan las prédicas de Jesús para convertirlas en guía y razón para sus vidas aquí en la tierra.
Las palabras de Jesús en toda la extensa gama de sus expresiones arrojan con tanta vehemencia la eterna e invariable majestad de los designios que fueron rubricados aquí en la tierra y nos aseguró que también en el cielo, por los siglos de los siglos.
Amaos los unos a los otros, porque en esto conocerán que soy mis discípulos, decía el buen Jesús en una de sus prédicas, que llegan a nosotros impresas en los libros sagrados de la cristiandad.
Mi reino no es de este mundo, había aclarado Jesús en uno de los capítulos que precedieron a su calvario y se refería posiblemente a considerar que todas las disputas terrenales, no son más que atajos que nos desvían del camino glorificado de los que saben que lo esencial es invisible a los ojos y que el atractivo temporal de aquello que enfrenta a los hombres, no es más que una mentirosa fantasía a la que muchos, utilizando en vano el santo nombre de Dios, le rinden adoración.
Si el reino de Jesús no es de este mundo, si nos advirtió que al amarnos los unos a los otros nos identificaran como sus creyentes y discípulos. ¿Quiénes son? Y qué es lo que pretenden los que desoyendo sus prédicas, y plantean alzarse con una victoria cuyo trofeo a todas luces será vano, dado que no representará nunca la fidelidad a sus palabras tan incisivamente claras y punzantes como la filosa hoja de una espada.
Nada de los bienes terrenales en el reino de Dios tienen valor, bien sean materiales, bien sean sociales, como la reputación, el reconocimiento y el halago. Lo santamente inteligente es alejarnos de todo eso para vivir o imitar al menos, el modelo que se nos enseñó como seguidores de Cristo que, mucho se pregona pero poco se practica.
El que sigue las palabras del maestro nunca andará en tinieblas, porque sabe que las palabras dichas por él, son la luz del mundo.
Sin embargo, seguir la luz de sus palabras no es una cuestión muy fácil, esto se concluye cuando ello significa, vivir con humildad, lo que no quiere decir vivir en la miseria, sino desprenderse a veces hasta de lo necesario y acomodarse a las limitaciones de una vida de abnegación y renuncia, para conformarse con lo justo, aunque a veces se carezca de lo superfluo.
La idea se explica mejor en las mismas palabras del Maestro, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta”.





























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