Ubicados en la recta final de las elecciones, sabemos sino todo, por lo menos una gran cantidad de aspectos: profesionales, de conducta, adicciones y hasta detalles sobre insólitas y ocultas intimidades de los candidatos.
Presidente, Vicepresidente, Senadores, Diputados, parlamentarios del Parlasur, Gobernadores y miembros de Juntas Departamentales, se nos desnudaron en el desarrollo de un proselitismo donde, en particular, los presidenciables evidenciaron lo bonito de cada uno, a través de los millonarios esquemas propagandísticos. La comunicación sobre lo feo y reprochable de cada quien, quedó bajo el exclusivo arbitrio de los propios candidatos. La constante de esta campaña fueron los ataques feroces entre ellos mismos. La modalidad de los agravios, nueva, no es. Pero en ésta ocasión, y con la tácita tolerancia de la Justicia Electoral, tuvo una vehemencia muy intensa. Al punto de quedar impresa en el inconsciente de los electores. Los que de forma paralela a la propaganda en sí, deberán sacar conclusiones sobre qué tan delincuente o corrupto resulta ser éste o aquél candidato. Según se encargaron ellos mismos de ventilarlo a los cuatro vientos.
Este clima electoral enrarecido, finalmente nos obliga a plantear la siguiente inquietante pregunta ¿los paraguayos vamos a elegir a nuestras próximas autoridades, entre una terna de marginales, ex presidiarios, ladrones y viciosos? Lo que lograron los candidatos con el desagradable tenor de los agravios, es dificultar al elector la decisión a la hora de votar. Es aquí donde el ciudadano en la soledad de su propia conciencia tendrá que optar por uno u otro candidato, a pesar de lo que de él dijera su contrincante.
Son muchos los factores sicológicos que mueven el cerebro del ciudadano en el decisivo rol de elector en acción, éstos van mucho más allá de la simple afiliación partidaria. En la privacidad del cuarto oscuro. El complejo y sutil mecanismo de la razón humana puede producir en el votante, un giro actitudinal, alejado de lo que se espera del mismo como afiliado condicionado. Esto, propiciaría el desvío de su atención hacia la decisión contraria. La que afloraría como una reacción sicológica a consecuencia de la presión ejercida por los agravios del que fue objeto el candidato.
La consecuencia de esta operación ejecutada en la intimidad mental del ciudadano, puede generar insospechados resultados en la suma general de las elecciones.
Ingenuamente los políticos están creyendo que la cantidad de afiliados a su partido o, lo mal que se hable del oponente, será todo lo necesario para triunfar en los comicios. Si algo les está pasando desapercibido a la clase política paraguaya, es el proceso de un despertar a la madurez cívica y la conciencia política de nuestro pueblo.
En la jornada eleccionaria del próximo 21 de abril, los presidenciables, estarán sujetos al arbitrio completo del anónimo ciudadano. Este que en la obscuridad del cuarto decidirá dos destinos. El del candidato y también el suyo. Por aquello del indiscutible nivel de incidencia y relación que tiene la política y el nivel de vida de la gente. Está muy cercano el momento en que la suerte del poder estará bajo la voluntad del elector, aquél que fue casi siempre decepcionado por el candidato en quien depositó su confianza. Esto nos apunta a reflexionar sobre cuán importante como también menospreciado, es el rol del ciudadano para el devenir de la República. Resta esperar que el voto sea a conciencia y a favor del candidato que más convenga al interés del pueblo paraguayo.
Cualquiera sea la idea que tengas en relación a ellos, no dejes pasar ésta oportunidad de protagonismo político que tenemos los ciudadanos. El próximo 21 de abril, ejerzamos nuestro derecho al voto.
Ubiquemos a los candidatos y al país en el lugar que se merecen. Ese día el poder es tuyo.
Escribe: José Martínez




























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