Este domingo 22 de abril el pueblo paraguayo decide su destino y tiene dos opciones, en seguir en el status quo o transformar la nación guaraní en el anhelado desarrollo integral, que permita generar beneficios a todos los paraguayos, sin distinción de clase social alguna.
La ciudadanía está hastiada, desesperanzada de sus autoridades, y en cada justa electoral que se avecina mantiene una ciega ilusión que el mañana será mejor. El país atraviesa por una penosa crisis socio-económica, política y jurídica, sumada a la inseguridad galopante, entre otros déficits, compromisos que aguardarán como los mayores desafíos al nuevo gobierno.
Es innegable el escepticismo que hay por parte de la población del cambio que pueda venir con el nuevo gobierno, sea quien fuera que tome el poder el próximo 15 de agosto. Muchos creen que con Mario Abdo Benítez no habrá el deseado cambio, y que apenas será de lo mismo, del actual mandatario, que constituye una gran desilusión para la gente.
Igual pensamiento se tiene del liberal Efraín Alegre, que no significa ninguna garantía para la ciudadanía, atendiendo sus antecedentes como ministro de Obras Públicas en el gobierno de Fernando Lugo, y lo que representó como presidente de la República su correligionario Federico Franco, quien comandó el Paraguay por un lapso de poco más de un año, y su gestión fue una de las peores en el pos Stroessner.
Atendiendo a todos estos antecedentes, el pueblo no querrá hacerse ilusión de que se dará vuelta la historia y que el país empezará a transitar por el derrotero del crecimiento y desarrollo integral, que permita una mayor equidad social y bienestar para todos los paraguayos.
Por más que las opciones no serán muy variadas para los electores, siempre es bueno a la hora de depositar el voto en el cuarto oscuro tratar de elegir al menos peor, con el deseo de que el próximo gobernante demuestre una verdadera voluntad política, de que quiera mejorar las condiciones de vida de su pueblo, generando una mejor atención en la salud, un razonable presupuesto para educación, fuentes de trabajo, mayor seguridad, el respeto irrestricto a la norma jurídica del país, por citar algunas falencias notarias en las administraciones anteriores y actual.
Estas sensibles carencias deben ser enderezadas por el próximo inquilino del Palacio de López. La ciudadanía ya no está para seguir tolerando tanta iniquidad de sus autoridades. El constante crecimiento de la madurez cívica del pueblo, permite castigar en las urnas a todos aquellos que buscan anidarse en el poder a través de promesas falsas, como fueron “sancionados” el pasado 17 de diciembre HC y su entorno político más inmediato.
Fue un claro mensaje de la ciudadanía nacional que ya está cansada del contante atropello y prepotencia de que es víctima de sus gobernantes de turno. Llegó la hora de dar vuelta la página, y encaminar esta nación hacia la civilización, porque hoy es vista, principalmente, en el exterior, como un país aislado, por la falta de transparencia y por el pisoteo constante del estado de derecho, que constituye una estocada mortal a la democracia. El Paraguay no deja de ser apenas una democracia de fachada.
Por tanto, este 22 abril el pueblo paraguayo más que nunca dispondrá de un arma letal en la mano, cual es el voto, para así decidir cambiar el destino de esta república. El próximo gobernante tiene la difícil misión de no repetir los errores de sus antecesores, y tiene la gran responsabilidad de honrar la confianza de la ciudadanía, trasuntada en votos en las urnas.





























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