
Escribe: José Martínez
Albert Einstein en los años 40 decía: “Todos los imperios del futuro van a ser imperios del conocimiento, y solamente serán exitosos los pueblos que entiendan cómo generar conocimientos y cómo proteger a quienes los cultiva”.
El campo mental sin cultivo es igual a una gran extensión de tierra improductiva, sus grandes potencialidades se transforman con el tiempo, en latifundio de miserias humanas.
No existe juicio para aceptar extensos territorios improductivos en mano de unos pocos y de igual manera propiciar que se multipliquen ciudadanos ignorantes por falta de educación.
No tenemos un plan educativo para ilustrar a la mente. El que nos rige tiene como fin producir una caterva de ignorantes. En este sentido la cartera de Educación hace sus mejores esfuerzos y el éxito logrado es cuantioso. El porcentaje de analfabetos funcionales es altísimo y las consecuencias están a la vista, a juzgar por las acciones de la enorme cantidad de los mismos ubicados en la función pública.
Consumar premeditadamente un esquema educativo, cuya meta pedagógica sea formar una mente primaria, banal, prosaica, enemiga de la lectura, la investigación, el análisis y la valentía cívica responde a un modelo criminoso, cuya inmisericorde y fría perversidad debería ser un eje de investigación y estudio en los tratados de tipología criminal, para luego penalizar el ilícito en justa proporción al daño ocasionado.
El analfabetismo funcional, como resultado de los modelos de condicionamientos pedagógicos impuestos, constituye el gen perfecto para que la gente siga siendo atracada con perpetua impunidad e impudicia por los mismos sátrapas que integran desde tiempos inmemoriales los sucesivos gobiernos. Esto con la vergonzosa complicidad de la víctima, la que con la confianza del voto, ensalza a los delincuentes metidos de administradores y legaliza el hurto de la cosa pública.
Educar al ciudadano para la libertad y la justicia, constituye un derecho original inherente al ser humano. Ello lo diferencia de las bestias, constituye el más preciado valor de la sociedad civilizada, es el más temido entre todos los derechos, por lo que los ladinos de la política siempre meten en ella gato por .liebre, con la ayudita que le dan generosamente los medios de comunicación, los que inducen al público poco docto a confundir; Juancho con pancho, falsos oropeles con valores y calidad con cantidad.
No es desatinado pensar que el conocimiento nos muestra la verdad y que ella nos hace libres. Esta simple ecuación tiene como base la calidad del sistema educativo que el Paraguay no tiene.





























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