La falta de voluntad política de las autoridades hizo que el segundo municipio más importante de la República, la otrora capital mercantil nacional, Ciudad del Este, se estancara en el tiempo y hoy pase a ser apenas una quimera.
Un grupo de visionaros hombres, encabezado por el entonces ministro del Interior, Edgar L. Insfrán, un 3 de febrero de 1957, decidió dirigirse hacia el Este, introducirse en la inhóspita selva altoparanaense, a la vera del rumoroso Paraná, para así fundar, en el que se dio en llamar, hasta 1989, ciudad Presidente Stroessner, que luego de la caída del dictador paraguayo, pasó a denominarse Ciudad del Este, denominación, que según algunos historiadores, no es nombre propio, situación que le hizo perder su identidad a este distrito fronterizo (sic).
Esta capital del décimo departamento del Paraguay muy rápido comenzó a experimentar un desarrollo vertiginoso, con la llegada de los nuevos habitantes, y principalmente, con la instalación en la zona de personas de distintas nacionales, que al conocer que Ciudad del Este pasaba a ser la meca comercial del país, se aventuraron a emigrar a esta región fronteriza.
Esta comunidad era un oro en bruto, y que debía ser explorado. Así ocurrió, comenzando su rápido desarrollo en el sector comercial, pasando a constituirse en uno de los centros de compras más importantes de América Latina, hasta codeándose con Miami y Hong Kong, según una prestigiosa revista americana. Esto sucedía por el año 95.
Sin embargo, a partir de ahí, Ciudad del Este, por la trascendencia que generaba en término comercial y económico, empezó a ser monitoreada por los influyentes empresarios brasileños, ya durante la gestión de Fernando Henrique Cardozo, para luego continuar con Luiz Ignacio Lula Da Silva y hasta hoy, con Dilma Rousseff.
Los capitalistas brasileños, entre ellos los dueños de la poderosa Red Globo, presionaron al Gobierno del país vecino, para emprender una feroz de campaña de amedrentamiento sobre el floreciente comercio fronterizo de Ciudad del Este, porque en esa época ya venían a instalarse grandes industrias en el Parque Oriental Chino (Km. 24), como la fábrica de muñecas, que molestaba de sobremanera al Grupo Roberto Marinho, que era la fabricante de la conocida marca de juguetes “Estrela”.
A esta terrible campaña de presión se sumaba el poco interés de nuestras autoridades, tanto nacionales y regionales, que se olvidaron de Ciudad del Este, dejando a merced del gobierno brasileño, para someterla a la más perversa humillación. Esta práctica continúa tan campante y en estos momentos, este distrito fronterizo, lentamente se está extinguiendo, sin que nadie salga a gritar un SOS.
Muchas personas que vinieron a instalarse en esta zona fronteriza pasaron a convertirse en potentados económicos. Sin embargo, hoy les dan la espalda a la ciudad que les dio todo. Muchos hijos desagradecidos ignoran de la existencia de este segundo municipio más importante del Paraguay y que gracias a esta comarca, ahora viven a cuerpo de Rey. Y lo peor, sin importarles el futuro de los demás, continúan sometiéndolo a un despiadado desangramiento.
A nadie escapa que esta localidad paranaense pasa por una de sus peores crisis. Antes que ocurra su muerte natural, el Gobierno tiene que ocuparse de buscar una solución rápida a la situación económica por la que atraviesa Ciudad del Este. El problema es para ayer. El tiempo se está agotando, y mañana ya sólo estaremos lamentando la desaparición de uno de los principales pulmones por donde respira la economía nacional. Abandonemos el egoísmo si queremos salvar a esta ciudad.





























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