La dramática situación de inseguridad que vive el país pone en vilo a la población paraguaya, que ya no encuentra sosiego ni en la propia vivienda.
La ola delictiva ha tomado cuenta de este país, sin que los organismos de seguridad del Estado hayan encontrado la solución para tratar de desactivar ese flagelo social, que tanta tragedia ya ha dejado en el hogar de muchas familias.
En los últimos tiempos, los números de robo, asalto, homicidio, violación y otros delitos han crecido de manera alarmante, pasando a convertirse en el pan nuestro de todos los días en la población.
La Policía Nacional se ve rebasada en su capacidad operativa, para intentar frenar la voracidad de quienes operan al margen de la ley, y que diariamente se dedican a perpetrar sus fechorías. El crecimiento delictual está abonado por la carencia de la demanda laboral, donde muchas personas, por la terrible situación social que atraviesa, se ven empujadas a caer en la marginalidad.
El problema de fondo para corregir este flagelo radica en la imperiosa necesidad de mejoramiento económico de la población, donde no existe una respuesta firme, mucho menos solución a las grandes demandas sociales, que se requieren en esta nación guaraní.
Cada gobierno que se instala en el poder se dedica a priorizar cosas banales por encima de los verdaderos intereses del país, que tiene grandes deficiencias en el aspecto social. El pueblo se siente inseguro, porque ya no sabe quien es quien, donde la convivencia entre bandido y honesto, trabajador y delincuente, se ha tornado normal, en un país dominado por los facinerosos.
El desprecio a la vida se ha vuelto moneda corriente, donde un marginal no va pensar dos veces para despojar de lo más preciado que tiene el ser humano. El “motochorro” o el asaltante actúa por impulso de esa necesidad, marcada por el designio que le tocó seguir, donde de un día para otro se convirtió en un potencial delincuente.
En esta nación sudamericana, aquellos que cayeron en la desgracia de la marginalidad y que luego fueron privados de su libertad, prácticamente ya están condenados a morir así, porque los reclusorios lejos de constituirse en correccionales, son grandes depósitos humanos, donde el hombre se torna más violento y feroz, lo cual le impide toda chance de reinsertarse en la población, como un ciudadano normal y corriente.
Las estadísticas hablan por sí solas, en manos de quién está la seguridad de la ciudadanía. Uno de cada cinco policías aparece como autor directo o cómplice de hechos delictivos que se cometen en el país. La institución uniformada está tan desacreditada, por lo que se impone la necesaria y profunda reestructuración de la Policía Nacional, cuyos hombres han perdido la total confianza de la población paraguaya.
El gobierno de Horacio Cartes a través del órgano natural, que es el Ministerio del Interior, deberá extremar los esfuerzos posibles para intentar de contrarrestar la inseguridad galopante, que cada día se torna incontenible, donde diariamente estamos asistiendo que la marginalidad se ha apoderado de esta hospitalaria nación guaraní. Se tiene que buscar una receta mágica, para evitar que esto siga cegando vidas inocentes, enlutando hogares de centenares de familias. El presidente tendrá que sacudirse y buscar la solución a este flagelo.





























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