
Escribe: José Martínez
Las inundaciones que arrasaron con gran parte del territorio de Presidente Hayes, Ñeembucú y otras regiones, ponen al desnudo la casi inexistente capacidad de auxilio del gobierno para responder a las necesidades de las poblaciones afectadas.
De no ser por la prensa que con dramática claridad nos expone el día a día de las penurias que pasan, el resto del país no hubiera podido ni enterarse del drama que de la noche a la mañana cambió la rutina de comunidades enteras, que ya de por sí soportan los más bajos niveles de superveniencia.
No tienen agua potable, carecen de caminos, escuelas, sistemas de salud e inclusive de energía eléctrica en pleno siglo XXI y en el país de la electricidad.
Aborígenes, campesinos pobres y ciudadanos urbanos de escasos recursos que tuvieron que abandonar sus casas sobreviven desde siempre entre tantas necesidades y hoy, con el agua mojándoles los pies.
Faltos de la calidez solidaria del resto del país y en espera de la ayuda del gobierno que llega a cuentagotas, en comparación a los raudadales de las urgencias sanitarias, alimentarias, de abrigo y apoyo real para reconstruir lo que las aguas han destruido, parecen ser, antes que ciudadanos del país con mejor clima de negocio de la región, náufragos de un navío perdido.
Desde una visión panorámica lo que se ve es que tenemos una porción del territorio nacional inundada por las aguas y el resto de la república inundado por la indiferencia
El gobierno le da al caso una atención que exaspera a los que observan desde afuera el drama, y solo Dios sabrá lo que sienten quienes hoy todavía tienen a las aguas mojándoles la vida e impidiendo que realicen sus rutinas normales, ante la irritante tranquilidad de las instituciones públicas y la reprochable ausencia de la solidaridad de todo un país.
Nos hace falta ponernos en los zapatos de los que hoy amanecieron con otro día de frío y lluvia golpeándoles la piel, necesitamos sentir la humedad calándonos los huesos, nos urge escuchar el callado lamento de los aborígenes, que de hecho ya olvidados de la ”Civilización”, descubren otras maneras de sufrimientos, aquéllos que hoy les propinamos con nuestra indiferencia.
Hiere constatar que el Paraguay está perdiendo sensibilidad ante la desgracia de los demás. La inundación y el drama que desata, sin embargo es solo un aspecto de esa insensibilidad que descubrimos, se ensaña con estas poblaciones olvidadas por el Estado quién sabe desde qué tiempos.
La falta de caminos, puentes y de toda presencia institucional nos tira a la cara la vergonzosa ausencia de un Estado cruel e insensible, que atropella los derechos básicos de sus habitantes.
Miles de compatriotas sufren, por un lado, en medio de sus casas anegadas y por el otro, con el agua al cuello y asfixiándose en la peor de las inundaciones, la indiferencia de un Estado sordo ante el clamor silencioso de sus habitantes.





























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