
Escribe: José Martínez
El que una persona sea inmensamente rica, no asegura su felicidad. Se presume lo dicho al ver que muchísima gente con un gran caudal de riquezas materiales, agonizan en medio de las más terribles miserias humanas que, evidentemente el dinero no pueden resolver.
Al parecer la felicidad completa, o no existe, o definitivamente el experimentarla, no es una cuestión que dependa de cuan abultada esté la billetera.
El que un país sea inmensamente rico, no asegura que sus habitantes logren el tipo de desarrollo integral que los haga ser presumiblemente felices. Según dicen los vanguardistas, es el objetivo superior de la política.
Para botón de muestra, el Paraguay; energía abundante, en tal volumen que abastece una gran porción de lo mucho que precisan Argentina y Brasil, tierra fértil, clima benigno, densidad poblacional holgada (apenas 7 habitantes por kilómetro cuadrado) expectativas optimistas de reservas petrolíferas, minerales preciosos, gran exportador cárnico, de cereales y con la más baja presión tributaria para la inversión y aun más, el producto interno bruto más alto entre los países de la región, muchos países ya quisieran tener la fortuna que posee.
De contracara sorprendente el Paraguay tiene al 48% de sus habitantes sumidos en la pobreza, instituciones públicas y altos funcionarios de los tres poderes del Estado corroídos por la corrupción, datos reconocidos públicamente y ahora, irrefutables evidencias que respaldan mi comentario. Mientras a casi la mitad de los paraguayos le rechina el estómago de hambre, la otra mitad disfruta de un ensordecedor bullicio de fiesta y derroche, somos el sexto país más desigual del planeta.
Si al rico no le alcanza la plata para ser feliz, es porque la montaña de oro que posee, no le deja ver el verdadero sentido de la vida, sólo visible para los que comprendieron que “lo esencial es invisible a los ojos” – El principito – Antoine de Saint Exupéry – Presunción literaria y filosófica inteligente a la que podríamos agregar “mínimamente con el estómago lleno”.
Y si los países aunque ricos, como el Paraguay, están habitados por ciudadanos infelices por el estómago vacío, es que están faltos de patriotas. Aquellos ciudadanos que por sobre todo interés personal o partidario aman a su patria y anteponen a favor de ella todo otro objetivo.
El Paraguay rico, en manos de oportunistas de la política, nunca podrá garantizar que las fortunas que posee lleguen a ser distribuidas entre todos sus habitantes.
Para que ello sea posible, es preciso que los patriotas de hoy, abandonen sus trincheras anónimas y se transformen en visibles guerreros, batallando en el campo de la política.
Los saqueadores de la fortuna de los paraguayos han decretado el fin del imperio de los patriotas que forjaron el Paraguay. ¿Están en lo cierto?
Estas proclamas no hacen más que inspirar a la nueva generación, un ejército de patriotas con la convicción del ayer y con la valentía del presente, listos para asumir la defensa del Paraguay. Cara fuente de inagotable valor, para que sus legítimos herederos disfruten del irrenunciable derecho a la felicidad.





























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