Escribe: Luis Alen.
Atenuar el descontento de las bases y descomprimir la feroz interna que se agranda cada vez más entre los dirigentes de su partido, le están llevando más tiempo del previsto al presidente Horacio Cartes, cuyas energías aparentemente se van concentrando más en apagar el fuego en la ANR que en buscar soluciones a los acuciantes problemas nacionales.
El peor de los escenarios se va configurando en la política nacional, a caballo de la prematura interna, pues todo indica que la división colorada puede ir más allá de las elecciones municipales, proyectándose peligrosamente hacia las nacionales de 2018.
Va a favor de Cartes el hecho de que la oposición casi no da señales de reaccionar, no sólo por la vigencia del Pacto Azulgrana, sino también porque los opositores salieron golpeados, tanto o más que los propios políticos colorados, tras las denuncias del carnaval de corrupción en el manejo de los fondos públicos durante los años de la transición.
El desprestigio de la clase política es un hecho evidente, que quizás no está aprovechando HC para posicionarse con más fuerza en la conciencia ciudadana, que ve realmente en él a alguien que no ha dejado el sector privado para ir a la función pública a enriquecerse más, sino para servir a la nación.
La disyuntiva actual de Cartes está entre hacer honor a esta convicción de la ciudadanía, que espera de él medidas de estadista, o en consolidar un hipotético futuro político a partir de comenzar a armar una sólida base partidaria, lo que supondría indudablemente demorar e incluso ignorar muchos reclamos ciudadanos en aras de fortalecer un rumbo que le posibilite la reelección presidencial, lo que sería factible eventualmente si tiene bajo un control férreo al partido que le catapultó al poder.
No es camino
de rosas
En el caso que opte HC por la segunda vía, es decir la consolidación de su poder desde el control absoluto sobre la ANR, no le espera evidentemente un camino de rosas. La ruptura con Javier Zacarías Irún, notoriamente evidenciada en los festejos del 127º aniversario partidario, no hace más que entrever con nitidez una posible alianza del líder esteño con Julio César Velázquez, quien no ahorra críticas a la gestión gubernativa y hace meses ya es el vocero indiscutido de una disidencia que se agranda a medida que se avecina la campaña electoral de las municipales.
Las protestas sociales que ya son emblemáticas de los sindicatos estatales más radicalizados como son indudablemente los de médicos y docentes, tienen un tufo a politización al conjuro de la división colorada, además de poner en riesgo las bases mismas del equilibrio presupuestario que es la mejor carta de presentación del Gobierno ante los inversionistas extranjeros, tradicionalmente temerosos de la inestabilidad política.
La noticia de que la Comisión Bicameral de Presupuesto podría aprobar “a libro cerrado” el proyecto de gastos para 2015 presentado por el Gobierno, lleva a confirmar que la gobernabilidad de Cartes aún posee terreno abonado en el Parlamento. Es como decir que la interna colorada muy candente aún no hace mella en el corazón de la gestión gubernativa, como es el presupuesto nacional, al mismo tiempo que se pone de manifiesto el reforzamiento de la coraza política que requiere el Gobierno para enfrentar las presiones de los sectores sociales.
Ya es una gran novedad que la dirigencia política renuncie eventualmente a introducir aumentos en las partidas presupuestarias, como estando a tono con los requerimientos de la Ley de Responsabilidad Fiscal que entrará a regir desde el año próximo.
De hecho, los sondeos entre empresarios han dado cuenta últimamente acerca del temor de que el excelente ambiente de negocios en el primer año de gobierno cartista decaiga por la interna feroz en el Partido Colorado. Y que recomponer el escenario de gobernabilidad que tanto costó armar, le puede significar a HC llevar a cuestas una pesada mochila en términos de concesiones a los pedidos prebendarios de las bases y una vuelta al usufructo clientelista del Estado.
Cartes y Afara
Se habla hasta de un distanciamiento entre HC y su vicepresidente Juan Afara, quien se estaría desprendiendo de una imagen de fiel escudero de Cartes, como resultado de la prematura lucha electoralista en la ANR, que puede significarle al segundo del Ejecutivo la pérdida de su capital político como dirigente del interior que tuvo mucho que ver con la ascensión de Horacio como precandidato presidencial colorado entre los años 2009 y 2011, con el apoyo de los gobernadores colorados de entonces.
El lanzamiento del globo sonda de la posible Constituyente por parte del astuto senador Juan Carlos Galaverna, tampoco cayó bien en el ambiente político, tanto colorado como opositor, pues se sabe por las experiencias de gobiernos anteriores que todos los presidentes buscan enmendar la Constitución en el artículo referente a la imposibilidad de la reelección, para dar lugar a su permanencia en el cargo por un período más.
Las justificaciones sobre la necesidad de una reforma constitucional en el Poder Judicial y en otros ámbitos ciudadanos suenan más como pretexto que como una real necesidad, por la consabida pretensión presidencial y porque la sociedad no confía para nada en sus dirigentes.
A estas alturas, nadie puede garantizar que la corrupción y la impunidad vayan a amainar con un cambio en la Constitución o las leyes, en ausencia de una real decisión política de acabar con estos flagelos que carcomen el tejido social de la nación, al decir de los obispos de la Iglesia católica que lo vienen reclamando desde aquel memorable manifiesto de 1979, hace ahora exactamente 35 años, la misma cantidad de años que duró el corrupto régimen stronista.
Una reciente encuesta ha mostrado, en el caso del electorado de la capital, que casi el 50 por ciento de la gente aún no tiene un candidato definido de entre la lista de políticos que se están lanzando a la intendencia de Asunción. Esto habla de la creciente impopularidad de la clase política y de la posibilidad que tiene la figura de algún “outsider”.
Es un claro mensaje también para el presidente, que debe sacar partido del hastío de la ciudadanía hacia la clase política. Por eso, debería concentrar sus tareas en las iniciativas estratégicas de cambio, y no tanto en meterse en la pelea electoral o en una mera gestión reactiva ante situaciones de crisis. Quizás después una buena gestión de estadista le reditúe más, a la hora en que la ciudadanía deba evaluar sobre la conveniencia o no de una reforma constitucional.





























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